Foto: christies.com.
El Huevo de Invierno de Fabergé es una de las grandes obras maestras de la casa de orfebrería rusa. Precisamente por ello se ha convertido en la pieza del joyero más cara jamás subastada. Un comprador anónimo ha pagado por él 26 millones de euros en la subasta realizada por Christie´s superado, por mucho, el récord que hasta ahora ostentaba el Huevo Rothschild. Este se vendió por 8,9 millones de libras en Londres en 2007.
De hecho, que el Huevo de Invierno rompa récords no es nuevo. Ya batió todos los registros no una sino dos veces. La primera, cuando fue ofrecido por Christie’s en 1994 y se vendió por 7,26 millones de francos suizos. Y la segunda, en 2002 cuando alcanzó los 9,6 millones de dólares.
Y no es para menos, pues se encuentra entre las creaciones imperiales más suntuosas de Fabergé. En su momento costó 24.600 rublos de la época, y es considerado uno de los huevos de Pascua más originales y artísticamente ingeniosos que la casa creó para la familia imperial rusa.
El huevo, diseñado por Alma Pihl, fue un encargo del emperador Nicolás II como regalo de Pascua a su madre, la emperatriz viuda María Feodorovna, en 1913, año del 300 aniversario de la dinastía Romanov. Finamente se talló en cristal de roca con un delicado grabado interior de escarcha.
En el exterior luce motivos de copos de nieve de platino con diamantes de talla rosa engastados. Y presenta dos bordes verticales de platino con diamantes engastados que ocultan una bisagra lateral. Se remata con una piedra lunar cabujón fechada en 1913.
El huevo reposa sobre una base de cristal de roca con forma de bloque de hielo derretido, con riachuelos de platino con diamantes de talla rosa engastados y un pasador de platino en el centro para sujetarlo. Este se abre para revelar la “sorpresa” suspendida de un gancho de platino. Se trata de una cesta con doble asa y enrejado, engastada con diamantes talla rosa, repleta de anémonas de madera de cuarzo blanco, en cuyo centro hay un granate demantoide.
Con más de 4.500 diamantes en total, esta pieza forma parte de los 50 huevos elaborados por la casa de joyería y orfebrería Fabergé para la familia imperial rusa. Diez se crearon durante el reinado del emperador Alejandro III, entre 1885 y 1894, que se los regaló a su esposa, la emperatriz María Feodorovna. A partir de 1895, Nicolás II continuó la tradición, encargando cuarenta más, tanto a su madre como a su esposa, la emperatriz Alexandra Feodorovna.
De la serie imperial todavía existen 43 huevos, la mayoría ahora custodiados en los principales museos de todo el mundo. Solo siete, incluido este, permanecen en manos privadas. De hecho, tras la Revolución bolchevique de 1917, en la década de 1920 y ante la falta de dinero, el gobierno soviético comenzó a vender estas obras de arte.
El Huevo de Invierno acabo en manos de un joyero británico y después a personalidades de la alta sociedad de Gran Bretaña. Se le perdió la pista en 1975, para después renacer y volver al mercado de las obras de arte en 1994.
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