Ellery Beach House, la invención del Beach Resort nórdico
Cómo el imaginario nórdico reinventa el beach resort: memoria, paisaje y experiencia contemporánea en Estocolmo.
La construcción de un beach resort en el norte de Europa no es, a priori, una operación obvia. El imaginario colectivo asocia la vida costera al sol permanente, a la informalidad mediterránea o a la despreocupación californiana. En Estocolmo, sin embargo, el paisaje impone otras reglas. Estaciones marcadas, una relación más introspectiva con la naturaleza y una cultura del bienestar que se construye desde el contraste. Es en ese territorio ambiguo donde surge Ellery Beach House.
Un experimento cultural
Ubicado en Elfviks Udde, en la isla de Lidingö, a apenas unos minutos del centro de la capital, pero psicológicamente alejado de su ritmo urbano, Ellery no se presenta como un hotel tradicional, sino como un experimento cultural cuidadosamente orquestado.
Su apertura marcó un punto de inflexión para ESS Group. Fue su primer resort costero en la región de Estocolmo y, al mismo tiempo, una declaración de intenciones sobre cómo reinterpretar el concepto de beach club en un contexto nórdico.
Desde el inicio, la narrativa de Ellery se ha apoyado en una idea clara: aquí el paisaje no funciona como telón de fondo, sino como estructura emocional de la experiencia. El resort se inserta en el archipiélago y más que disolverse en el entorno, dialoga con él, aceptando el contraste entre naturaleza salvaje y sociabilidad construida.
Historia del Ellery Beach House
Antes de convertirse en el resort que es hoy, albergó en la década de 1960 el IBM Nordic Education Center diseñado por el estudio de arquitectura ELLT y puesto en uso a finales de 1969. Esta instalación formaba parte de la estrategia de IBM para crear un entorno de aprendizaje práctico para sus empleados y colaboradores en la región, integrando aulas, espacios de trabajo y alojamiento en un edificio adaptado al paisaje del archipiélago.
Con el tiempo, la propiedad fue transformada de centro corporativo a uso hotelero (conocido durante años como Blue Hotel) antes de su evolución última como Ellery Beach House, conservando así una continuidad de programa relacionada con la hospitalidad, el encuentro y la formación en un contexto costero escandinavo.
De ahí los guiños a los años sesenta y setenta que aparecen en los colores pastel, las maderas cálidas y las texturas táctiles, generando una atmósfera que apela a la nostalgia sin caer en el artificio. No se trata de recrear un pasado idealizado, sino de utilizarlo como herramienta para construir familiaridad apostando por una energía más social.
El lujo de la tranquilidad, el retiro y el descanso
Aquí el lujo no se expresa en la ausencia de estímulos, sino en la posibilidad de elegir participar o retirarse, compartir o aislarse, activar el cuerpo o abandonarse al descanso. Esta ambigüedad deliberada es uno de los rasgos que definen su carácter bajo el concepto de “bleasure”. Esa hibridación entre placer, ocio y actividad atraviesa toda la propuesta.
El resort funciona como un ecosistema en sí mismo, clubes sociales, programación activa, deporte, gastronomía y bienestar conviven sin jerarquías claras.
La localización en Lidingö refuerza esta idea de retiro accesible. Rodeado de senderos, bosque y agua, el resort propone una forma de escapismo suficientemente remoto para sentirse distinto, pero lo bastante cercano como para integrarse en la vida cotidiana de Estocolmo.
Esta condición lo ha convertido también en un punto de encuentro para un público local que no busca necesariamente alojamiento, sino pertenencia.
Una gran casa, viva, de playa
La llegada a Ellery es deliberadamente declarativa. El edificio se percibe como una gran casa de playa, más que como un hotel convencional. El acceso, mediado por pinos, arena y agua, prepara al visitante para un cambio de ritmo más que para una experiencia espectacular.
En el interior, el diseño refuerza esta narrativa de sociabilidad relajada. Los espacios comunes están pensados para ser recorridos, habitados, compartidos. La primera impresión no es la del silencio reverencial de otros resorts nórdicos, sino la de un lugar vivo, donde la actividad forma parte del paisaje emocional.
Con 122 habitaciones, dos restaurantes, varios bares, piscinas interiores y exteriores y pistas de pádel, el resort opera a múltiples escalas. Hay espacios de alta densidad social y otros de recogimiento casi doméstico. Esta dualidad define gran parte de su atractivo, no impone una forma de estar, sino que ofrece un marco flexible donde cada huésped puede calibrar su propia intensidad.
Un nuevo resort escandinavo
Ellery Beach House representa, en última instancia, un ejercicio consciente de reinvención. Un intento de traducir el resort clásico a un lenguaje escandinavo contemporáneo, donde el bienestar no es evasión, donde el lujo no es exceso, sino intención.
Su mayor logro quizá no sea estético ni programático, sino cultural. Haber creado un lugar que se siente tanto como destino para el viajero global como extensión natural del paisaje social de la ciudad.
Desde una lectura más estructural, el edificio funciona como una infraestructura para la vida cotidiana, una máquina silenciosa que organiza flujos, vistas y transiciones sin imponerse al usuario. La lógica espacial es clara, legible, casi didáctica, y permite que la experiencia se despliegue con naturalidad.
Interior y exterior se encadenan mediante umbrales permeables, terrazas, pasarelas y espacios intermedios que diluyen la frontera entre arquitectura y paisaje. Esta atención al detalle técnico, a la orientación, a la luz cambiante, a la protección frente al clima se presenta como condición necesaria para que el resort funcione durante todo el año, incluso en los meses más duros del invierno nórdico.
Maderas, superficies cálidas y acabados que construyen una sensación de confort que no depende del ornamento. Ellery puede entenderse como un artefacto social, no tanto un hotel como un condensador de estilos de vida. El resort no impone un relato único, sino que permite la superposición de múltiples narrativas simultáneas.
Un lugar al que escapar sin desconectar del todo
En este sentido, Ellery funciona casi como una microciudad temporal. El huésped no es solo visitante, es usuario de un sistema que mezcla intimidad y exposición, rutina y excepción. En un contexto donde el exceso material ha perdido atractivo, el valor se desplaza hacia la experiencia, la salud, el tiempo compartido. El resort responde a esta mutación cultural ofreciendo un entorno donde el bienestar se entiende como práctica diaria y no como promesa abstracta.
Desde el punto de vista territorial, el proyecto establece una relación interesante con Estocolmo. No compite con la ciudad, funciona como un satélite emocional, un lugar al que escapar sin desconectarse del todo. Esta proximidad, tanto física como simbólica, es clave para entender su éxito entre el público local.
Ellery no pretende ser un refugio aislado del mundo, sino una extensión afinada de la vida contemporánea. Un espacio donde trabajo, ocio y descanso se entrelazan sin fricción. En este sentido, el resort anticipa modelos híbridos que probablemente veremos replicados en otros contextos: destinos que no se definen por su exotismo, sino por su capacidad de integrarse en la rutina ampliada de sus usuarios.
La intención de Ellery Beach House más allá de la hospitalidad
Al observar Ellery Beach House con distancia, resulta evidente que su ambición va más allá de la hospitalidad. El proyecto plantea preguntas sobre cómo queremos vivir, relacionarnos y descansar en el siglo XXI. No ofrece respuestas cerradas, pero sí un marco donde ensayarlas.
En un norte de Europa tradicionalmente asociado a la contención y al minimalismo, Ellery introduce una dosis calculada de hedonismo. El resultado es un lugar difícil de clasificar. No del todo hotel, no del todo club, no del todo retiro.
Su ambición es más sutil, consolidarse como referencia. Como modelo replicable de cómo el ocio, la arquitectura y la vida cotidiana pueden entrelazarse sin fricción en un contexto contemporáneo.
En un momento en el que muchos resorts compiten por diferenciarse a través del espectáculo, elige el camino opuesto, el de la normalidad elevada. Un lugar donde nada parece forzado y, precisamente por eso, todo funciona.
Esta ausencia de “lujo” es quizá su gesto más radical. Ellery Beach House se inscribe en una generación de proyectos que entienden la hospitalidad como infraestructura cultural. Espacios diseñados no solo para alojar huéspedes, sino para sostener hábitos, relaciones y ritmos.
Tal vez por eso su mayor logro no sea estético ni programático, sino emocional. Ellery consigue algo poco habitual: que el huésped no sienta la necesidad de escapar de la experiencia, ni tampoco de prolongarla artificialmente. Simplemente, la habita. Y en esa naturalidad, casi invisible, reside su verdadera sofisticación.
