¿Padeces el Síndrome del Impostor?
Así se desarrolla esa relación descompensada con el mérito por la que nos hacemos de menos
Podría decirse que las formas de obsesión que puede llegar a desarrollar una persona son casi infinitas. O que hay tantos tipos de inseguridad como personas existen. Pero si algo tienen en común todas ellas es que tratan de ocultarse ante los demás y se viven desde el más profundo secreto. Sobre todo, si están relacionadas con aspectos de nosotros mismos que nos avergüenzan. Tal es el caso del Síndrome del Impostor.
Repasamos el origen de una dolencia psicológica relativamente frecuente y que tiene que ver con el historial personal de cada uno y sus propios complejos.
Dentro de la gran variedad de inseguridades existentes, hay un tipo de malestar que pasa especialmente desapercibido para los demás, pero que a uno le resuena demasiado desde dentro como para obviarlo.
Surge, además, coincidiendo con una etapa de éxito, con un salto profesional o con un reconocimiento que, en teoría, debería traer grandes alegrías y satisfacciones a la persona. Sin embargo, lejos de eso, produce tanta tensión al que lo padece, que lo puede llevar a estar en un estado de alerta permanente. O incluso a desarrollar síntomas de estrés y somatizaciones.
Una etiqueta popular pero no clínica

La sensación de estar manteniendo una falsa fachada, de no haber “merecido” del todo tal posición social o laboral, junto al miedo de ser descubierto, es lo que se conoce, de forma popular, como el síndrome del impostor.
Conviene decir que no se trata de un diagnóstico clínico, sino que simplemente describe un patrón psicológico y emocional que se activa en determinados contextos. Cuando se repite esta forma de sentir, puede afectar a la autoestima, al bienestar y a la manera de tomar decisiones.
Lo característico de este síndrome no es la duda puntual, que es humana y a veces incluso saludable. Lo más típico es la dificultad para integrar la competencia y el mérito como algo propios, aun cuando existan evidencias claras que apunten al merecimiento más genuino.
Se produce una atribución externa del logro
La clave del síndrome del impostor está en lo que en psicología se llama locus de control, que en este caso es externo cuando se refiere a las atribuciones de éxito. A nivel sintomatológico, el malestar aparece como resultado de una combinación de ideas, emociones y conductas que se retroalimentan dentro del sistema del propio individuo.
Sucede así: la mente interpreta los logros como algo frágil o sucedidos por casualidad o incluso por suerte. Y esto lleva a la persona a “buscar evidencias” a su favor de esta creencia, amplificando cualquier error como si fuera una prueba de incompetencia hacia sí mismo.
El resultado es una experiencia ambivalente con la dualidad de un rendimiento y éxito exterior que coexiste con una inseguridad interna de “yo en realidad no valgo” o “no lo merezco“, y el terror de “se van a dar cuenta de que soy un fraude“.
Cómo identificar el Síndrome del Impostor en la vida real

Lo más característico va a ser que la persona no llegue nunca a disfrutar de su éxito. El hecho de atribuírselo a factores externos se va a vivir con una presión constante para seguir manteniendo ese rol de competencia y carácter resolutivo.
Como resultado de no creerse merecedor de los méritos atribuidos por los demás, paradójicamente, puede aparecer una necesidad intensa de validación externa. No para sentirse bien, sino como un bálsamo de pomada para calmar la propia sospecha.
Otra señal frecuente es el miedo a exponerse. A veces se puede traducir en evitaciones, aunque no siempre, ya que los perfiles que lo viven son precisamente de alto rendimiento.
Otras veces se irán al polo opuesto, derivando en comportamientos compulsivos como el revisar y analizar una y otra vez trabajos o conductas, en no delegar o en decir a todo que sí para evitar el posible juicio externo.
El origen psicológico del síndrome del impostor
No hay una sola causa que pueda explicar cómo una persona de éxito llega a sentirse un fraude hasta el punto de sentir un constante miedo de ser descubierta. Lejos de eso, suele ser la suma de una historia personal y un estilo de apego junto con un aprendizaje familiar y cultura del rendimiento, así como la forma en que ha aprendido a procesar las amenazas.
En algunos supuestos impostores hay una base temprana relacionada con la validación. Por ejemplo, si uno ha crecido asociando valor a rendimiento o recibiendo mensajes ambiguos sobre la propia competencia, es fácil que el éxito lo viva como algo que hay que justificar. Y por ello jamás lo disfrutará, pero se dedicará a defenderlo.
En otros, el origen tiene que ver con experiencias de crítica, comparación o vergüenza. Cuando la mente aprendió que equivocarse tenía un coste emocional alto y por ello el individuo desarrolló una estrategia preventiva en forma de máscara de control, anticipación y perfeccionismo. Así, aunque desde fuera parezca disciplina, en la mayor parte de los casos lo que hay detrás es el miedo al rechazo o al fracaso.
También influye cómo se ha construido la identidad. Hay perfiles con una autoimagen basada en ser capaz y en no fallar. Y cuando el sistema interno funciona así, lo conseguido deja de ser una muestra de valía o punto de apoyo y pasa a ser una obligación que refuerza el problema: cuanto mejor te va, más presión sientes por demostrar que de verdad lo mereces.
Una explicación desde el sistema nervioso
A nivel corporal hay un componente del sistema nervioso que conviene tener en cuenta. Si el cuerpo interpreta la evaluación como amenaza, se activa un estado de alerta. Y en esta condición, la mente busca señales de peligro y se vuelve más rígida, exigente yautocrítica. No porque sea realista, sino porque está intentando protegerse de un posible daño social, generalmente en forma de burla o desprecio.
Cómo puedes cambiar tu relación con el mérito
Si te identificas con el síndrome del impostor, podrás resolverlo en varios frentes:
Reajusta los estándares
Hay personas que solo se permiten sentirse válidas en un nivel de perfección que casi nadie sostiene sin pagar un precio alto. Pregúntatequé sería suficiente, en lugar de qué sería impecable. Esto supone un giro importantepara saber que suficiente no es mediocre, sino realista.
Entrena una atribución más justa del éxito
Cuando logres algo, prueba a hacer el gesto mental de identificar qué decisiones tomaste, qué habilidades pusiste en juego y qué constancia sostuviste. Si tu mente solo registra lo que falta, habría que re-educarla para que también registre las propias aptitudes y fortalezas.
Permítete “no saber” algo sin convertirlo en vergüenza
La competencia adulta no consiste en dominarlo todo, sino en aprender, preguntar y corregir. En muchos casos, la seguridad llega después de la exposición, no antes. Esperar a sentirte listo al cien por cien es sólo una forma de evitación.
El control extremo es un intento de protección
A veces hay una parte interna que empuja y controla porque teme el rechazo, la crítica o el abandono. En un enfoque integrador, no se trata de pelear con esa parte, sino de entender qué intenta evitar y ofrecerle alternativas. Si aprendes a protegerte de manera más flexible, el control dejaráde ser necesario.
Regula tu sistema nervioso practicando el autocuidado
Dormir mejor, tener pausas, hacer ejercicio y bajar el nivel de activación genera las condiciones psicológicas adecuadas para pensar con más claridad y con menos sesgo. Si el malestar se vuelve crónico, una terapia psicológica integradora ayudará a entender el origen del problema.
