Foto: Castilla Termal
Algo tiene de especial entrar en edificios con historia. Porque por mucho que hayan cambiado desde el pasado, sus muros, sus estancias y su disposición siguen hablando de lo que fueron y de quienes vivieron en ellos.
Por ejemplo, y al margen de creencias, es casi imposible no rendirse ante la magnitud de ciertas construcciones religiosas. En especial las que acogieron vidas dedicadas a la oración y la fe, como los monasterios, en condiciones muy distintas de las que disfrutamos hoy.
En todo esto piensas al entrar en el hotel de cinco estrellas Monasterio de Valbuena (Valladolid) de la cadena Castilla Termal. Porque entre sus muros, levantados en el siglo XII, moraron monjes cistercienses. Y de ellos habla cada uno de sus rincones estableciendo, al visitarlos, lazos invisibles entre el pasado y el presente.
El Monasterio de Valbuena conserva la esencia de lo que fue y se presenta ante el visitante como un imponente hotel de lujo donde reinan la paz y el sosiego. Es un establecimiento pensado para el descanso con mayúsculas tanto por su ubicación, rodeado de viñedos y junto a un núcleo urbano que no supera los 300 habitantes, como por su propia idiosincrasia.
Los gruesos muros de piedra, las altas y pequeñas ventanas de los espacios comunes, así como los amplios pasillos alrededor del claustro y la calma del exterior invitan a la relajación y el deleite. Sin duda, dos de las máximas que rigieron la vida de los monjes que lo levantaron siglos atrás.
No se sabe a ciencia cierta cómo eran sus celdas, pero a juzgar por las dimensiones y la distribución de las 79 habitaciones del hotel, con recios muros, techos altos y ventanas al claustro o el exterior, eran grandes.
Sin embargo, de aquel entonces, el monasterio conserva un magnífico claustro y una preciosa iglesia, la de Santa María de Valbuena, donde ahora se celebran más de 50 bodas al año. Además de otros espacios “menos vistosos” pero con mucho interés histórico.
Como el ‘Refectorio‘, ahora convertido en sala para exposiciones, reuniones o eventos; o la ‘Sala de Trabajos‘ de un tamaño mucho menor que la anterior. Un detalle que indica la preferencia de sus moradores por el disfrute y la contemplación por encima del trabajo manual.
Éste, que tenía que ver con el huerto y las cuadras principalmente, se reservaba a los cristianos conversos. Y su vivienda, que sí sobrevivió al paso del tiempo, las desamortizaciones y el mal uso del edificio durante siglos, acoge ahora al restaurante gastronómico, Converso. Un coqueto lugar que aspira, desde un concepto muy honesto, a la Estrella verde Michelin.
Junto a él conviven en clave gastro el restaurante Monasterio, la cafetería La Cilla y la bodega primigenia de los monjes. Una cueva convertida en gastrobar de donde aseguran salió la primera botella de vino de Ribera del Duero.
Todos ellos hacen gala de un adn patrio y en sus propuestas predominan los ingredientes de kilómetro cero, de la provincia de Valladolid o de Castilla y León.
Porque además de con el pasado, el Monasterio de Valbuena tiene un fuerte compromiso con la tierra, la naturaleza y su entorno. Todos sus amenities son reciclados y reciclables y utiliza la biomasa como energía fundamental para calentar sus instalaciones.
También cuenta con un amplio huerto que surte de hortalizas y verduras a todos sus espacios gastronómicos; así como un gallinero donde se crían varias decenas de gallinas castellanas en peligro de extinción.
Su objetivo es generar un impacto positivo en la zona, “con trabajo de calidad que evite el éxodo a la capital”, nos explica su subdirector, Pablo Gamundi. Algo que completan confiando en pequeños productores, artesanos y profesionales de los alrededores que surten de alimentos, piezas de decoración, vajilla y servicios al hotel. Sin olvidar otras actividades que atraen al turista relacionadas con el bienestar, el enoturismo o la historia.
En este sentido, el establecimiento también acoge el Centro de Restauración y Conservación de las Edades del Hombre. Un espacio por el que pasan para “chapa y pintura” más de 100 piezas de arte al año provenientes de las diócesis de Castilla y León, pero no solo.
Su exposición permanente recorre algunos de los lugares más emblemáticos del monasterio y cuenta los secretos del mismo y de quienes lo habitaron en clave didáctica.
Entre sus proyectos más inmediatos está el de crear un espacio que acerque aún más su trabajo a los huéspedes y los visitantes. “Una experiencia completa para gente de todas las edades” que según su directora, Consuelo Valverde, espera estar lista este verano.
Por último, y como todos los hoteles de Castilla Termal, el Monasterio de Valbuena también tiene un área dedicada al bienestar. En este caso aprovecha las aguas mineromedicinales del manantial de San Bernardo para su spa. Un amplio lugar con 16 cabinas de tratamientos, piscinas de chorros, jacuzzi y piscina exterior.
Y para redondear el paso por el área wellness, ésta tiene una sala “escondida” que es una auténtica sorpresa. La réplica exacta de la coqueta capilla de San Pedro, situada dentro de la iglesia de Santa María de Valbuena, que todavía conserva frescos originales del siglo XII.
Sin duda una experiencia única con la que disfrutar de los placeres del presente sin perder de vista la riqueza del pasado.
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