Foto Instagram @giorgioarmani
No hubo focos de moda convencional ni primera fila repleta de personalidades influyentes. Solo sesenta modelos que avanzaron en perfecta formación, vestidos con trajes monocromáticos en verde, blanco y rojo, componiendo la bandera italiana bajo las luces del estadio.
En el centro de la escena, Vittoria Ceretti portaba el estandarte nacional envuelta en un vestido largo blanco de Armani Privé, de cuello alto y silueta impecable. Era el homenaje póstumo a Giorgio Armani, fallecido el 4 de septiembre de pasado año, y probablemente el momento más conmovedor y estratégicamente logrado que el lujo italiano ha protagonizado en la última década.
El gesto no fue improvisado ni meramente sentimental. Giorgio Armani había participado personalmente en el diseño conceptual de la ceremonia de apertura antes de su muerte. La entrada de las banderas italiana y olímpica, la elección de los colores, la sobriedad deliberada de las siluetas… todo llevaba su firma.
El tributo se convirtió así en una última declaración de intenciones del diseñador que más ha influido en la definición actual del lujo discreto y elegante. En un mundo saturado de logotipos llamativos y exceso, Armani eligió despedirse con precisión, pureza y patriotismo contenido.
Sesenta cuerpos vestidos con la misma armonía que él aplicó durante décadas a chaquetas sin estructura rígida, trajes sin hombreras y abrigos de cachemira que parecían flotar. El mensaje fue claro: el verdadero lujo no necesita alzar la voz para perdurar en la memoria. Más allá del simbolismo, Armani conserva una presencia activa y comercial en estos Juegos Olímpicos de Invierno.
La línea EA7 Emporio Armani sigue siendo la encargada de vestir al equipo italiano en los Juegos Olímpicos de Invierno por cuarta edición consecutiva. Las equipaciones técnicas combinan el máximo rendimiento deportivo con una estética fiel a la herencia de la casa. Son chaquetas bomber con acolchado ARDOR7 para aislamiento térmico, sudaderas con relieve “Italia Team” y pantalones impermeables en blanco nieve con sutiles detalles tricolores.
Estas prendas no solo acompañan a los atletas en pista, podio y ceremonias. También se comercializan como colección oficial de los Juegos. Sus precios van desde los 82 euros por una camiseta sencilla hasta los 320 por una sudadera con capucha.
En un contexto en el que el lujo deportivo crece a doble dígito en mercados como China y Norteamérica, la decisión es estratégica: transformar el orgullo nacional en un objeto de deseo a escala global.
El sector del lujo observa estos Juegos Olímpicos de Invierno con renovada atención. Tras un 2025 prácticamente estancado -con caídas notables en conglomerados como Kering y un crecimiento global del mercado apenas del 1-2 %-, Milano Cortina 2026 representa una oportunidad de reposicionamiento.
Los analistas de Bain & Company proyectan para 2026 un repunte moderado pero sólido, entre el 5 y el 6,5 %. Un número impulsado por el lujo ligado a experiencias, la joyería, la relojería y la ropa de invierno de alta gama. En este escenario, la unión entre deporte de élite y moda de prestigio se ha vuelto casi natural.
Ralph Lauren viste al equipo estadounidense con tonos blancos etéreos; Moncler equipa a Brasil; y Lululemon a Canadá. Sin embargo, ninguna marca ha conseguido la carga emocional y la coherencia narrativa que Armani ha desplegado en Milán.
El desfile en San Siro no fue solo un recuerdo: fue una lección de construcción de marca en tiempo real. En el fondo, el momento trasciende la moda y entra en el terreno de la memoria colectiva. Giorgio Armani, nacido en Piacenza en 1934, construyó un imperio sobre la idea de que la elegancia reside en la sustracción, no en la acumulación.
Vestir a Italia en su mayor escaparate internacional después de su muerte es, paradójicamente, la culminación perfecta de esa filosofía. Mientras el mundo del lujo lidia con la polarización -solo lo muy exclusivo sobrevive, el segmento intermedio se diluye- y con una generación joven que valora la autenticidad, la sostenibilidad y las experiencias por encima de la ostentación, el legado de Armani ofrece un rumbo claro: la simplicidad. Cuando se ejecuta con maestría absoluta, se convierte en la forma más poderosa de exclusividad.
Milano Cortina 2026, con sus sedes repartidas entre la metrópoli y los Alpes, simboliza esa tensión entre lo global y lo local, entre lo efímero y lo perdurable. En un estadio que pronto será demolido, bajo la mirada de millones de espectadores, sesenta modelos caminaron en silencio formando una bandera.
No hubo discursos extensos ni fuegos artificiales excesivos. Solo armonía, proporción y un vestido blanco que parecía suspendido en el tiempo. Giorgio Armani no necesitó estar presente para recordarle al mundo que el lujo, al igual que el deporte de élite, se define por la capacidad de emocionar sin alzar la voz. Y esa lección, pronunciada sobre el hielo de San Siro, seguirá resonando mucho después de que se apaguen las luces olímpicas.
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