Foto: Gtres
Ayer se cumplieron 45 años del 23F. Para muchos españoles, esa fecha no es solo un dato: es una escena vivida, un silencio en casa y una sensación de tensión compartida. Para otros, en cambio, es un capítulo del pasado que suena a documental lejano y hasta podría decirse que “les da igual”. Sin embargo, ambos grupos comparten la herencia de un relato sobre lo que puede pasar cuando la estabilidad se ve amenazada. ¿Cómo se transmite el miedo social? La respuesta está menos en la política y más en la sociología o en la psicología de la memoria.
Entre una vivencia y la otra se hace evidente la diferencia entre saber lo que ocurrió y el recordarlo como sociedad. Porque la memoria colectiva no funciona como un archivo neutral, sino como un relato que se construye, se transmite y se pone al día desde el presente. Y en esta actualización se incluyen las emociones y el clima de miedo o seguridad con el que cada generación mira su propia vida.
El sociólogo francés Maurice Halbwachs formuló una idea que hoy se cita constantemente: recordamos dentro de marcos sociales. La memoria no vive aislada en la cabeza de cada uno, sino que se apoya en colectivos como la familia, la escuela, los medios, y se perpetúa en las conversaciones de sobremesa.
Eso explica por qué una misma fecha puede vivirse como herida para unos y como referencia cultural para otros. En otras palabras, la memoria colectiva no es solo lo que pasó, sino la forma en que un grupo aprende a contarlo. Cuando el suceso fue amenazante, esta narrativa suele llevar un componente emocional, que es el que se encarga de comenzar la transmisión que llegará a las distintas generaciones.
En psicología se sabe que el miedo social tiene su propia dinámica. Por eso no hace falta que exista histeria colectiva para que se produzca un contagio emocional. Este se produce por señales en forma de rumores, silencios, toma de decisiones y otro tipo de gestos.
Además, tiene un sentido evolutivo: en situación de emergencias, el cerebro humano prioriza detectar el peligro y reducir la incertidumbre. Ello favorece quese recuerden más las señales de riesgo que los matices.
Lo curioso es que el contagio emocional no solo sirve como advertencia para preparar una defensa inmediata, sino que también tiene su componente educativo. Por eso, cuando la sociedad atraviesa una crisis, aprende nuevas reglas de supervivencia.
Estas contemplan a qué señales atender, a quién escuchar, o cómo actuar desde la prevención. Ese aprendizaje suele ser adaptativo, pero se convertirá en un problema si dicho estado de alertase convierte en un estilo de vida colectivo.
Cuando hablamos de miedo social la variable generacional explica por qué hay fechas que activan una emoción inmediata en unas personas y un interés más intelectual en otras. No se trata de frialdad, sino de distancia biográfica. En este sentido, hay tres formas de recordar un evento marcado por la crisis:
Quienes lo vivieron como adultos tienden a tener recuerdos situacionales, con un componente corporal y emocional claro. A menudo recuerdan el ambiente experimentado: el silencio, la tensión, o la sensación de estar ante algo que podía cambiarlo todo.
En psicología de la memoria, ese tipo de recuerdo se asocia a estados de alta activación, donde ciertos detalles se fijan con fuerza, aunque otros lleguen a distorsionarse con el tiempo.
Quienes eran niños o adolescentes lo que recuerdan es un espejo de lo observado en los adultos. Es decir, pese a no entender del todo la amenaza en su momento, sabían que algo pasaba. Esto sucede así en la infancia. Los niños registran los cambios en la seguridad a través de la reacción de sus cuidadores, sirviéndoles su respuesta como referencia para sentir o no miedo.
Quienes nacieron después cuentan con una memoria narrativa y cultural aprendida en el colegio, vista en la televisión o escuchada en conversaciones sociales. Por esa razón a las nuevas generaciones el 23F, por ejemplo, les suena demasiado lejano o irreal como para preocuparlos, salvo que este conecte con preocupaciones presentes como la incertidumbre, la confianza institucional, o la polarización.
El 11S supone un buen ejemplo de transmisión del miedo social. Todos recordamos la escena de los aviones transmitida en televisión. Su repetición audiovisual convirtió el hecho en todo un icono compartido que, a fuerza de repetirse,acabó funcionando como un disparador emocional sin necesidad de contexto. Sin embargo, la parte más potente no está en los telediarios.
La transmisión intergeneracional suele producirse a través de pequeños mandatos que se dan en casa y que no están escritos en ningún sitio, pero igualmente se leen. Algunos ejemplos están en lo que se permite y lo que no se permite hablar, lo que se ridiculiza y lo que se respeta, o en saber a quién se le da o no autoridad en momentos de incertidumbre.
Hoy se habla de dos vías principales de transmisión intergeneracional del trauma, también en el caso de eventos colectivos, tanto puntuales como de larga duración:
Por un lado, existe la vía psicosocial, que es la más sólida y visible. Se produce a través de los estilos de crianza, silencios familiares, relatos, hipervigilancia, ansiedad parental, y modelos de afrontamiento. Esto explica por qué si una generación quedó marcada por miedo o inseguridad podría criar desde ese filtro, dejando huella en la siguiente.
Por otro,la epigenética es la parte de la ciencia que estudia cómo el ambiente, el estrés y la experiencia pueden dejar marcas biológicas que influyen en la expresión génica, es decir, en qué genes se activan más o menos, sin cambiar el ADN.
Aunque todavía hacen falta más estudios de larga duración, hay evidencia de este tipo de huellas en investigaciones con supervivientes del Holocausto y sus hijos, como las realizadas por la neuropsicóloga Rachel Yehuda y cols. En sus trabajos se han observado marcas biológicas asociadas al estrés en forma de cambios epigenéticos que aparecen en padres expuestos y en su descendencia.
El miedo social puede ser un problema, pero sobre todo, es un indicador de lo que consideramos valioso y vulnerable. La cuestión es qué hacemos con él. Hay sociedades que, tras una crisis, convierten el miedo en aprendizaje, mejorando su preparación y fortaleciendo redes para proteger a los más vulnerables.
Recordar de forma reparadora significa hacerlo con contexto, con matices, y sin usar el pasado como arma. Cuando se logra, este miedo deja de ser contagioso y se transforma en pensamiento crítico en las nuevas generaciones.
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