(Foto: Magnific)
Todos hemos visto alguna vez un portal con una bombilla fundida, una persiana rota o un desconchón en la pared. Al verlos por primera vez, nos llaman la atención, pero con el paso de los días, nos parece que llevan toda la vida así, e incluso dejan de molestarnos. Este efecto tan habitual de normalizar el deterioro ha sido estudiado dentro de la psicología social poniéndolo en relación con el cuidado de las ciudades y los actos vandálicos. Se conoce como la teoría de las ventanas rotas. Explica por qué no sólo llegamos a acostumbrarnos a convivir con las cosas estropeadas, sino cómo esto nos afecta.
Lo cierto es que el entorno nos dicta la forma en que debemos comportarnos dentro de él. El principio es el siguiente: cuando percibimos que algo está cuidado, tendemos a cuidarlo más. En cambio, cuando un lugar u objeto parecen abandonados, relajaremos nuestras normas y obligaciones.
Por eso, cuando entramos en una casa especialmente limpia y ordenada solemos comportarnos de forma impecable casi sin darnos cuenta: dudaremos, por ejemplo, antes de apoyar el vaso sobre la mesa o esperaremos a que nos indiquen dónde dejarlo.
Sin embargo, en una casa desordenada y donde el propio dueño deja las cosas en cualquier sitio, normalmente nos relajaremos más y prestaremos menos atención a los detalles. Lo interesante es que este fenómeno no solo afecta a las ciudades o a los espacios públicos y privados, sino también a nuestra vida cotidiana, a las relaciones y, en general, a la forma en que convivimos con el entorno.
La teoría de las ventanas rotas fue formulada en 1982 por el politólogo James Q. Wilson y el criminólogo George L. Kelling. Ambos defendían que el desorden visible en un entorno no era solo un problema estético, sino también una señal social que podía influir en la conducta de las personas.
La idea se apoyaba, entre otras cosas, en los experimentos previos del psicólogo Philip Zimbardo. Uno de los más conocidos consistió en dejar dos coches aparentemente abandonados en lugares distintos de Estados Unidos. Uno se colocó en el Bronx, una zona de Nueva York que por entonces tenía altos índices de delincuencia y pobreza. El otro, en Palo Alto, California, un entorno mucho más acomodado.
El coche del Bronx fue vandalizado rápidamente. Sin embargo, el de Palo Alto permaneció intacto durante días. Hasta que los investigadores rompieron deliberadamente una de sus ventanas. Después de eso, el coche empezó también a sufrir daños y saqueos. La conclusión fue que ciertos signos visibles de abandono parecían transmitir que nadie estaba cuidando aquello y que, por tanto, las normas dejaban de importar.
Aunque la teoría se hizo famosa en el ámbito de la criminología y la seguridad urbana, con el tiempo, se empezó a relacionar también con la influencia que tiene el entorno sobre nuestra conducta cotidiana. De hecho, los psicólogos sociales llevan tiempo estudiando cómo todos tendemos a adaptarnos a las normas visibles de los lugares en los que estamos. Esas reglas, habitualmente, no necesitan explicarse, ya que “se leen” a través de lo que se encuentra y sucede a nuestro alrededor.
Por esta razón, si entramos en una calle limpia y cuidada, es menos probable que tiremos basura al suelo. En cambio, cuando percibimos abandono, deterioro o suciedad, disminuye la sensación de responsabilidad colectiva. Esto ocurre constantemente y casi sin darnos cuenta: mientras que unos lugares parecen invitar al cuidado, otros transmiten justo lo contrario.
La teoría de las ventanas rotas no se limita a las ciudades ni a la delincuencia, sino que trasciende al ámbito doméstico y personal. Pasa en casa cuando dejamos durante meses una humedad sin arreglar o una habitación desordenada. Al principio, parecerá un detalle sin importancia. Pero después, no es raro que empiecen a aparecer otros descuidos alrededor hasta que reine el desorden.
También sucede en comunidades de vecinos, oficinas o colegios. Un grafiti que lleva meses sin limpiarse, un baño estropeado o un ascensor que no funciona podrán acabar generando la sensación de que el entorno no merece demasiada atención.
La teoría también puede llevarse al terreno de las relaciones personales. En ellas aparecen a veces pequeñas “ventanas rotas” en forma de conflictos que no se resuelven, faltas de cuidado que se normalizan o problemas que se van acumulando con el tiempo.
De hecho, el deterioro emocional rara vez empieza con una gran crisis, sino que lo hace con pequeños gestos que dejan de repararse. Una llamada que deja de hacerse, conversaciones que se posponen o muestras de cariño que desaparecen, sustituyéndose por la ley del hielo o por comentarios hirientes que terminan aceptándose como algo normal son ejemplos de ello.
Al igual que ocurre con los espacios físicos, las relaciones se acostumbran al deterioro si nadie hace nada para evitarlo. Y cuanto más se normalizan las “pequeñas grietas”, más fácil resulta que aparezcan otras nuevas alrededor, llegando a destruir los pilares de la relación.
Pero si el descuido puede extenderse, el cuidado también. Estudios posteriores han demostrado que los espacios agradables, limpios y bien mantenidos favorecen conductas respetuosas y cooperativas. Al final, los seres humanos interpretamos constantemente las señales del ambiente que nos rodea. Y esas señales influyen más de lo que creemos en nuestro estado de ánimo y en nuestra conducta.
Un entorno cuidado transmite la sensación de que ese lugar tiene valor, y de que importa lo que pase allí. Y en el ámbito doméstico, sin ir más lejos, todos hemos comprobado que Marie Kondo tiene razón y que cuando se hace limpieza exhaustiva en una habitación, la siguiente pide lo mismo: orden y cuidado. ¿Y lo bien que sienta, además?
Una de las ideas más interesantes de la teoría de las ventanas rotas es que el deterioro no aparece de golpe. Lo normal es que empiece poco a poco y de forma casi imperceptible. El problema es que las personas pronto nos acostumbramos a cualquier cosa que veamos todos los días, aunque esté rota o deteriorada. Y lo que se normaliza deja de llamar la atención.
Por eso es tan importante arreglar las cosas en cuanto se estropean, y a ser posible sin demora: no solo porque evita daños mayores, sino porque corta de raíz esa tendencia progresiva al abandono que puede acabar extendiéndose al resto del entorno.
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