(Foto: Freepik)
Gracias o por culpa de Internet circulan cientos de teorías con las que supuestamente mejorar nuestras vidas. Algunas son meras invenciones de dudosa autoría que se viralizan, y otras sí están bien fundamentadas. Al margen del copyright, algunas de ellas merecen la pena y un ejemplo es la de la Teoría de la silla. En ella se cuestiona algo tan simple como el ser o no bienvenido en un sitio.
En las últimas semanas, la idea se ha movido entre reels, hilos y posts con una frase que se repite: “Acude donde eres bienvenido”. Y aunque se presente en formato de autoayuda y muy del gusto adolescente, sin duda invita a reflexionar y puede ser de especial utilidad precisamente en esas edades tan vulnerables.
La idea es simple. Cuando llegas a un lugar, como pueda ser una casa o a un grupo reunido en torno a una mesa, hay un gesto que lo resume todo: si eres bienvenido, alguien te saca una silla. Este hecho no solo te permite sentarte, sino que te confirma que había un sitio pensado para ti o que, al menos, alguien está dispuesto a hacértelo.
En el lado opuesto, están quienes te dejan de pie porque no existe tal silla, pero tampoco ninguna intención de procurártela. Esto te obligará a quedarte de pie, a marcharte, o a buscarte el sitio tú. En cualquier caso, te sentirás incómodo o fuera de lugar, siendo esto especialmente doloroso en los casos en los que ese “desprecio” se repita más de una vez.
Aunque, en principio no haya razón para sentirse uno especialmente agraviado (todos nos hemos visto alguna vez una situación similar), la metáfora de la silla funciona como recordatorio de que la aceptación se percibe a través de microseñales, mostradas a través del interés y de una atención real. Estas incluyen, como punto de partida, la reciprocidad, la inclusión espontánea y la calidez en el trato.
Pero además, requieren de una continuidad en el contacto y la disposición a reparar cuando algo se tuerza. Cuando esas señales faltan de forma constante, se convierten en hechos que nos llevan a una conclusión incómoda pero clara: quizá estemos intentando sentarnos en la mesa equivocada.
Conviene aclarar que la teoría de la silla es una metáfora de internet y que, por tanto, no aparece como teoría psicológica formal ni como modelo atribuido de forma estable a un investigador o psicólogo clásico.
Sobre su autoría, existe una versión muy compartida en español que se señala como origen a Alejandro Ayube en una publicación de LinkedIn. En inglés, sin embargo, se asocia a una publicación de Facebook de la influencer Nardose Mesfin, habiendo generado desde entonces comentarios divulgativos en prensa psicológica.
Así las cosas, sea quien fuere el autor, cuando la idea ha calado es por algo Para empezar, porque reduce la complejidad de las dinámicas relacionales a una imagen muy gráfica, por la que estaremos dentro o fuera de un grupo en el que buscamos aceptación. Este hecho, aparentemente sencillo, tiene sin embargo un significado emocional muy marcado, al venir determinado por un nivel muy primario que nos lleva a integrarnos en grupos como forma de supervivencia.
¿De qué estamos hablando en realidad? En casos normales y en los que haya autoestima y seguridad suficiente sobre la propia valía y merecimiento, este feo gesto no nos acarreará ninguna consecuencia. Sin embargo, en casos en los que la persona tenga un historial antiguo de trauma de rechazo, esa “falta de silla” podría actuar como un disparador de sentimientos pasados y dolorosos, cercanos a la humillación. Diciéndolo de otro modo, generaría una retraumatización en el momento presente. Y por eso escuece tanto.
Aquí entra el matiz interesante que va contra la teoría viral: a veces, cuanto más cuesta entrar en un grupo, más se valora pertenecer a él. La psicología social lo ha explicado mediante la disonancia cognitiva y justificación del esfuerzo.
En estudios clásicos de la psicología, quienes pasaban por una iniciación más severa para entrar en un grupo, tendían a evaluarlo más positivamente. La idea es que, si el esfuerzo es desagradable, la mente necesita justificar ese coste: “Si he sufrido para estar aquí, merece la pena continuar para no perder todo el tiempo invertido”.
¿Cómo encaja esto con la teoría de silla? En que un rechazo inicial puede volverse “atractivo” si se convierte en reto, y el reto en identidad. Esta dinámica ayudaría a explicar por qué algunas personas se enganchan a mesas donde no hay sillas libres ni son bienvenidos. En estos casos, no solo quieren pertenecer, sino que el final demuestre que su esfuerzo tenía todo el sentido.
Siguiendo con la línea anterior, el consejo útil no sería irse a la primera de cambio al percibir señales de rechazo, sino cuidarse de que esa antigua herida no se convierta en un proyecto personal con gran desgaste. Así, si la pertenencia depende de humillación, de dar pruebas o de hacerse uno de menos, el coste psicológico será demasiado alto como para merecer la pena.
Entonces, ¿es bueno insistir o es mejor que “fluya”? La idea de intentar ser aceptado puede ser tentadora en un principio, pero cuando repetidamente la cosa “no fluya”, no conviene forzar las cosas. Lo ideal sería buscar contextos, grupos de amigos o personas donde sí exista una reciprocidad suficiente.
En resumidas cuentas, lo mejor es dejar de mendigar pertenencia cuando haya señales sostenidas de no correspondencia en intenciones. Y, sobre todo, saber para qué queremos formar parte de ese grupo. Si es para “probar que valgo”, no es una buena idea y está contraindicado. Pero si, por el contrario, ayuda a reparar, aclarar o aprender, entonces puede tener sentido. En el fondo, la gran pregunta no debería ser si me quieren y soy aceptado, sino si hay un lugar para mí sin tener que convertirme en alguien que no soy.
Conviene separar esta metáfora viral de otras técnicas psicológicas que también usan una silla dentro de algunos tipos de terapia psicológica:
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