Pocas figuras profesionales despiertan tanta admiración como un médico. En España, especialmente, nos encanta presumir de tener uno de los mejores sistemas de salud del mundo y con los profesionales mejor formados, como hemos visto con la crisis del coronavirus. Sin embargo, eso no quita que luego cada uno haga lo que le dé la gana cuando cae enfermo.
Esto se aplica también, y quizá especialmente, a lo que le pase a nuestros hijos, salvo casos graves. Y es que, sobre temas de salud, todos nos creemos un poco expertos. No sólo creemos saber, sino que aplicamos nuestras propias recetas heredadas del saber popular, de los mitos o de la simple convicción. ¿De dónde viene toda esa “sabiduría” y conocimiento médico? ¿Dónde nacen nuestras teorías y supersticiones sobre la salud y la enfermedad?
Si algo caracteriza al hombre como especie es la de buscar respuestas. Hoy, en temas de salud, y para desgracia del personal sanitario, solemos procurar estas respuestas en Google. Pero antes de Internet y de los bulos pseudocientíficos, ya operaban este tipo de mecanismos por los que gestionábamos la enfermedad a partir de nuestras propias ideas. Y no eran del todo infundadas, sino que habitualmente nacían de la observación sobre la repetición de sucesos.
En nuestros días, a estas creencias irracionales, habremos de sumar ciertos mecanismos y sesgos cognitivos que, junto a las fake news, son el mejor caldo de cultivo para que cada uno se monte su propia película en términos de salud y enfermedad.
Si una cosa sucede aparejada a otra varias veces, no tardaremos en establecer una conexión entre ambos hechos, sobre todo si estamos deseando encontrar causa y efecto. Sin embargo, el que haya una asociación entre dos fenómenos no significa que se le pueda atribuir también una relación causal. Así lo explica el doctor y catedrático en psicología Antonio Cano Vindel.
“Lo que sucede es que el observador de estos fenómenos contempla una relación muy fuerte, pero no es sistemático en sus observaciones, que no son casuales, sino repetidas”. Y para ejemplo popular, el de la asociación entre las cigüeñas y los nacimientos. Las ciudades grandes tienen más nidos y más nacimientos que las pequeñas, pero no cabe concluir que a los bebés los traigan las cigüeñas. “La explicación es una tercera variable, el número de habitantes”.
Este modo de llegar a una conclusión a base de buscar relaciones causales sin base empírica sirven para explicar por qué creemos en la suerte, en las ciencias ocultas, o para entender por qué los jugadores de azar llevan a cabo rituales antes de efectuar sus apuestas. Pero además, contribuyen la generación de mitos entorno a la salud y la enfermedad.
Aunque, a priori, podría parecer que Internet puede ayudar en muchos sentidos, a menudo se convierte en una fuente de conflicto entre los profesionales de la salud y sus pacientes.
Los médicos se quejan de que, hoy en día, muchos pacientes van ya con el diagnóstico hecho desde casa a partir de sus propias averiguaciones en Internet. Y cualquiera les contradice: convencerlos de algo diferente a lo que ya piensan y creen saber no siempre es tarea fácil. Lo peor es que tendrá consecuencias no sólo personales, sino económicas para todo el sistema de salud a causa de una poca adhesión al tratamiento, la falta de confianza en el profesional, y el mal uso de los recursos sanitarios. Así, no es extraño que los temas de salud sean uno de los nichos de búsqueda más frecuentes en Google.
Al margen de las observaciones de sucesos repetidos y de las fake news, creadas por intereses económicos y para generar tráfico en Internet, Cano Vindel señala las siguientes como razones que intervienen en la creación de mitos:
“El investigador tiene que hacer observaciones sistemáticas, mientras que el hombre de la calle no siempre tiene en cuenta los principios del método científico. A veces se deja llevar por sus emociones, por sus ideas preconcebidas o por su ideología, y desatiende los datos presentes, que pueden ser contrarios a su prejuicio, o no los busca”.
En la línea de lo anterior, “nos gusta más confirmar nuestras hipótesis que verlas rechazadas”, señala Cano. Como consecuencia, algunas personas tienen a leer los periódicos afines a sus ideas y “sólo atenderán aquellos medios que den información acorde a sus ideas, rechazando interpretaciones alternativas”.
“Las expectativas que tenemos pueden llegar a cumplirse por pura sugestionabilidad”, advierte el experto. Esto será especialmente evidente en los hipocondríacos, quienes “tienen muchos más síntomas de malestar físico que el resto de la población, por su temor a estar desarrollando una enfermedad grave”.
Todos nuestros mitos, expectativas, y tendencias hipocondríacas se verán agudizadas cuando también haya obsesión por fijarse en los síntomas de ansiedad y por interpretarlos como una grave enfermedad. Aunque estos errores cognitivos pueden haber surgido también a partir de algún episodio externo, como de “la muerte por cáncer de un amigo de su misma edad, y luego la detección de otro cáncer en su hermana, y en estos casos el aprendizaje asociativo podría haber jugado un cierto papel en el inicio del problema y el mantenimiento del trastorno”.
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