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Un día cualquiera para pedir perdón

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Los monstruos viven y mueren. Esta semana se cumplirán seis años. Eran las nueve de la mañana del 28 de marzo de 2015, un día cerrado en la terraza de un hotel sobre el mar abierto de Castelldefels. Cuatro días antes, el vuelo 9525 de Germanwings había partido desde el aeropuerto de Barcelona-El Prat a las 10:01 hacia el aeropuerto internacional de Düsseldorf con 144 pasajeros, dos pilotos y cuatro miembros de la tripulación.

El primer oficial que pilotaba la nave estrelló el avión en el macizo de Estrop (Provenza), asesinando a todo el pasaje y tripulación. Dos días después de la mayor de las ignominias posibles, fui nombrado por el Gobierno responsable de todo el dispositivo de coordinación de la tragedia y de atención a las víctimas en la ciudad catalana.

Se cumplen cinco años de la tragedia en la que murieron 144 personas. Foto Unsplash @jeremyperkins

Lidiar con la tragedia de Germanwings

Aquella mañana, tras dos días sin conciliar el sueño y tras reunirme con varios familiares y amigos sucesivamente, esperaba insomne a una nueva familia. Ella llegó con sus cuarenta y pico años a cuestas, su 1,80 metros a rastras y con una belleza inconmensurable hasta donde la esperaba. Detrás, sus dos hijos de veinte años y una ausencia, la de su marido que había muerto en la catástrofe. Ojos inflamados de dolor y de sedativos, grises como la calima de aquel día. Hermosa como solo se puede ser bella en el dolor, donde no puedes esconder los músculos ni disimular nuestras hendijas y nuestras cortezas.

Nunca la volví a ver más. Me rodeó con sus brazos, dos extraños que ya eran uno en aquel trance, y durante un minuto que fue una vida, lloré. Cuando me aparté de ella, mientras no podía contener las lágrimas, ella me sonrió y mirándome desde donde solo se puede mirar, allí donde no hay filtros ni impostura. Y me dijo: “No me has abrazado tú. Te he abrazado yo. Porque hoy lo necesitas mucho más que yo. Y porque yo ya le he perdonado. No sabía lo que hacía. Ahora solo queda ayudarte a ti para que puedas ayudar a los demás. Mi perdón a él y mi gratitud a ti por todo lo que estás haciendo”.

La luz del perdón se hizo visible. Foto Unsplash @amaury_guti

Un pasaje de terror, un juicio y el perdón

Confieso que cuando escribo este pasaje revivo en toda su intensidad aquel momento irrepetible. Y pienso que, en la inmensidad del sufrimiento y del terror, la luz del perdón se hizo visible. Como un faro en Castelldefels. Como una auténtica lección de vida. Algo tan difícil, y a veces tan sencillo, como pedir perdón.

Ese día tuve la certeza de que el perdón no es compasión. Tampoco es clemencia ni justicia, porque solo hemos de ser jueces de nosotros mismos, y con ciertas restricciones. El perdón tampoco tiene que ser desmemoria ni aceptación de la ofensa; porque el perjuicio y el dolor han existido y es posible que sigan existiendo. Tampoco tiene que ser una experiencia de raíz religiosa; porque el perdón es un proceso más humano de lo que piensan los mismos dioses.

Un abrazo puede ser curativo, renovador

¿Vale la pena perdonar?

Por consiguiente, si el perdón no es compasión, ni justicia, ni desmemoria, ni aceptación de la ofensa ni un acto de contrición religiosa o sobrenatural, ¿vale la pena la valentía de decir basta y perdonar? Categóricamente sí y precisamente por todo lo anterior, el perdón es prueba de seres templados e intrépidos. Solo los medrosos y los irresolutos, tal vez los cobardes, se acorazarán en coartadas para justificar las heridas y para no hacer frente al verdadero perdón.

El miedo ha sido siempre una trinchera secundaria en la defensa de los hombres. Son personas vulnerables que no se atreven a cambiar porque derruirían toda su arquitectura de protección y de justificación de infamias que ocurrieron o pudieron ocurrir en su consciencia. Se acostumbran al dolor y al rencor, porque, en el fondo, carecen de amor y consideran que no son comprendidos.

Son víctimas de su cólera y no hallarán sanación a sus heridas hasta que autoreconozcan el daño demoledor que se afligen cada día. Porque si un beneficio incontestable tiene el perdón es que dejamos de ser víctimas de nuestro pasado. El perdón es un analgésico que hace devolver la estima hacia los demás, al tiempo que permite recuperar la autoestima sobre uno mismo.

El perdón es un ejercicio analgésico, de curación

Pedir perdón, con permiso a la conciencia

Por eso, hoy prefiero pedir perdón antes que pedirle permiso a mi conciencia, puesto que creo que no me lo daría. Hoy prefiero empezar por perdonarme a mí mismo, eximirme de la culpa de mis faltas y de mis errores. Concederme un indulto aunque no haya recaído sentencia condenatoria sobre mis pecados. Y, por mucho que parezca una paradoja, el perdón inicial es el que recae sobre uno mismo como una amnistía liberadora que rompe el blindaje que cierra furtivamente las heridas del corazón. Perdón.

Mario Garcés

Político, jurista y escritor. Inspector de Hacienda de profesión, ha sido Subsecretario del Ministerio de Fomento y Secretario de Estado de Servicios Sociales e Igualdad.

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