La novia vendida en el Teatro Real: Smetana vuelve a Madrid un siglo después
La brillante producción de Laurent Pelly convierte La novia vendida en una cita obligada, incluso para quien nunca haya pisado una ópera
Con dirección musical de Gustavo Gimeno y nueva producción escénica de Laurent Pelly, el Teatro Real recupera, más de un siglo después, La novia vendida, una de las obras decisivas del repertorio centroeuropeo.
No todos los regresos al repertorio tienen el mismo peso. Algunos recuperan una curiosidad y otros restituyen una ausencia. La novia vendida, de Bedřich Smetana, pertenece claramente a esta segunda categoría.
La nueva coproducción del Teatro Real -que podrá verse en Madrid entre el 14 y el 30 de abril antes de viajar a Lyon, Colonia y Bruselas- devuelve al escenario madrileño una partitura esencial. Festiva en su superficie, refinadísima en su hechura y capital en la construcción de una identidad musical nacional.
Se la suele presentar como una comedia rural, luminosa y popular, y lo es. Pero sería un error escucharla solo desde ahí. En La novia vendida hay humor, danzas, enredo amoroso y personajes trazados con una agilidad encantadora. Pero también ironía social, una melancolía persistente y una inteligencia teatral poco común.
La novia vendida
Smetana, a quien durante años se reprochó por no ser lo bastante “checo”, respondió con una obra atravesada por el folclore de Bohemia. Por sus ritmos, sus giros melódicos y sus danzas características -polka, furiant, la célebre escena de los comediantes-, sin renunciar por ello a una escritura de altísima elaboración.
La obertura, conocidísima en las salas de conciertos, no es aquí un brillante aperitivo sino la primera formulación de un mundo sonoro que apenas se confiesa. Hay pocas arias en el sentido tradicional y en cambio, una sucesión admirable de conjuntos, finales y escenas corales que delatan la extraordinaria comprensión del teatro musical que tenía Smetana.
En ese equilibrio entre ligereza, arquitectura y fluidez asoma su parentesco con Mozart. No por imitación servil o simple influencia, sino por esa rara capacidad de escribir líneas de aparente sencillez que, en escena, se revelan complejas, vivas y profundamente orgánicas.
Dirección musical
Gustavo Gimeno entiende bien esa mezcla de claridad, elegancia y poso emocional. Su lectura al frente de la Orquesta y el Coro Titulares del Teatro Real pone en valor una partitura luminosa, refinada y accesible, pero nunca superficial. Hay transparencia en la textura, flexibilidad en los tempi y una atención constante a la respiración teatral de la obra.
Gimeno no pretende engrosar artificialmente el discurso, sino dejar que la música discurra con naturalidad, revelando tanto la delicadeza de la escritura orquestal como esa leve sombra de melancolía que la atraviesa incluso en sus momentos más exultantes.
Especialmente logrado resulta su sentido del ritmo. Porque en La novia vendida la danza no es un adorno pintoresco o folclórico sino una columna vertebral dramática. Desde la obertura hasta las escenas corales y los estallidos del tercer acto, el impulso rítmico sostiene la acción y contagia al conjunto una vitalidad genuina. La orquesta responde con ductilidad y brillo, alternando transparencia y nervio, delicadeza camerística y empuje popular, siempre sin perder la elegancia.
La relación entre Smetana y Mahler, tan pocas veces evocada en la sala con la amplitud que merece, sobrevuela además esta partitura con especial interés. Mahler, nacido también en la región de Bohemia, absorbió igualmente el folclore de su tierra, aunque lo transformó de una manera más expansiva y universal. Y mientas, Smetana lo convirtió en la base misma de una identidad nacional, hasta ganarse con justicia el lugar de “padre de la música checa”.
Mahler dirigió con frecuencia La novia vendida en Hamburgo, Viena y Nueva York. Y su defensa de la obra contribuyó decisivamente a su proyección internacional, especialmente en Estados Unidos. No cuesta advertir, además, ciertas afinidades de espíritu entre esta ópera y la teatralidad sinfónica de Mahler. Ese gusto por la mezcla de lo popular y lo sofisticado, por la ironía, por la vida colectiva convertida en música. Incluso en la Primera Sinfonía mahleriana se percibe, por momentos, un eco lejano de ese mundo bohemio que Smetana había fijado con tanta personalidad.
La puesta en escena
Laurent Pelly, por su parte, regresa al Teatro Real con una propuesta reconociblemente suya: precisa, imaginativa, escénicamente muy eficaz y siempre atenta al pulso interno de la música. Su puesta en escena se inspira en el universo visual de la animación checa de los años cuarenta y sesenta y sitúa a los personajes en un espacio estilizado, casi de fábula, diseñado por Caroline Ginet. Las figuras se mueven como muñecos en un mundo deliberadamente simbólico, gráfico y algo inquietante, con ecos de circo, de cuento y, por momentos, de pesadilla.
La idea central de Pelly consiste en filtrar la historia a través de la mirada de Mařenka, como si todo lo que sucede tras descubrir que ha sido “vendida” derivara hacia un mal sueño. Esa perspectiva evita el costumbrismo y esquiva la tentación de convertir la obra en una simple postal folclórica. A cambio, se pierde algo del perfume de aldea bohemia que respira la partitura. Esa mezcla de ternura, tierra y celebración popular que en Smetana tiene tanta importancia como el ingenio teatral. La opción, sin embargo, posee coherencia interna y, sobre todo, una notable eficacia escénica.
Lo mejor de la propuesta está en su comprensión del delicado equilibrio entre comedia y desgarro. La novia vendida no funciona cuando se representa como una pura opereta campesina, sino cuando deja ver, bajo su superficie chispeante, la violencia social que la recorre. El matrimonio como transacción, el dinero como instrumento de poder, la presión del grupo, la fragilidad de la libertad individual. Ahí Pelly acierta con claridad. Su comicidad no es decorativa: tiene filo.
El reparto
El reparto responde con notable energía de conjunto, algo decisivo en una obra bufa tan bien escrita como esta. En una partitura así, la credibilidad dramática, el ritmo de la escena y la verdad de las relaciones importan tanto como el canto individual. Y quizá ese haya sido uno de los grandes logros de la noche: que la historia se ha contado tan bien que las voces, aun cantando con mérito, han quedado al servicio del teatro. Como debe ser.
Svetlana Aksenova, en el papel de Mařenka, compone una protagonista de fuerte presencia escénica, insumisa sin rigidez, dolida sin blandura. No hay en ella rastro de la ingenuidad decorativa con la que a veces se simplifica el personaje. Su Mařenka piensa, decide, se rebela. Vocalmente ofrece una línea expresiva y firme, y en su gran aria del tercer acto alcanza una intensidad que da a la interpretación auténtica memoria.
Pavel Černoch encuentra en Jeník el equilibrio adecuado entre nobleza, carisma y energía escénica. Canta con homogeneidad y con ese aplomo natural que el personaje necesita para no quedar reducido a simple galán funcional.
Uno de los grandes triunfos de la función es, sin duda, Mikeldi Atxalandabaso como Vašek. Su trabajo actoral es magnífico: preciso, imaginativo, lleno de recursos físicos y siempre medido desde dentro, sin caer nunca en la caricatura gruesa. Resuelve además con admirable naturalidad la célebre tartamudez del personaje, integrándola en la línea musical sin romper la frase ni convertirla en un gag fácil. Es una creación completa, de las que dan relieve a toda una producción.
Secundarios fundamentales
En el papel del divertido casamentero Kecal, una especie de Torrente checo, Günther Groissböck se mueve con soltura entre lo zafio, lo cómico y lo incómodamente eficaz. Su personaje tiene algo de buscavidas oportunista, de negociador sin escrúpulos, de figura desagradable precisamente porque se parece demasiado a ciertos tipos humanos eternos. Groissböck cumple con solidez vocal y con una vis cómica de trazo áspero, muy adecuada para el papel.
A su alrededor, las dos parejas de padres. Manel Esteve y María Rey-Joly por un lado; y Toni Marsol y Monica Bacelli, por el otro, sostienen la trama con oficio, sentido del estilo y una saludable vivacidad teatral. Rocío Pérez aporta brillantemente frescura y carisma como Esmeralda, con una solvencia vocal y presencia escénica muy suelta en su intervención circense.
Excelente también Jaroslav Březina como director del circo, muy bien perfilado en su vis teatral. E Ihor Voievodin resulta creíble y ameno en el papel del indio, dentro de una caracterización que, con su piel enrojecida y su estética decididamente teatral, no pide disculpas al presente. Es decir, no se deja intimidar por literalismos contemporáneos ajenos a la lógica interna del espectáculo, o por quienes con poco criterio, pudiera acusar a la producción de apropiación cultural.
El coro
Mención aparte merece el Coro Titular del Teatro Real, dirigido por José Luis Basso, verdadero protagonista colectivo de la velada. En una obra popular como esta, el coro no es un simple marco sonoro: comenta, participa, presiona, celebra, sanciona. Es el pueblo convertido en personaje. Y aquí ese pueblo canta y actúa con una convicción admirable.
La excelencia de su trabajo no se limita al plano vocal -ya de por sí sobresaliente-, sino que se extiende al detalle dramático, al movimiento y a la implicación escénica de cada uno de sus integrantes. Pelly les exige muchísimo y el coro responde con una entrega que da densidad y verdad a todo el espectáculo.
En el célebre coro de los cerveceros, por ejemplo, se concentra buena parte del genio popular de la obra. Una melodía de raíz bohemia, franca, expansiva, celebratoria, que no solo anima la escena sino que dibuja un mundo. No es un detalle menor recordar que el padre de Smetana era maestro cervecero y deseaba que su hijo se hiciera cargo del negocio familiar. Que el compositor terminara escribiendo una de las páginas corales más contagiosas del repertorio checo tiene, visto así, algo de ironía biográfica y de justicia poética.
La orquesta
La orquesta, por su parte, está a gran altura. Responde con naturalidad a las exigencias de transparencia, tensión y cambio de registro que impone la partitura. Gimeno mantiene el pulso en todo momento y consigue una fluidez ejemplar desde la obertura -con sus contrastes y la diafanidad de la cuerda- hasta la marcha de entrada del circo y la sofisticada intimidad del sexteto del tercer acto. Entiende, lo mencionado antes, algo esencial: que en esta obra la danza no es ornamento, sino dramaturgia pura.
El estreno, con todo lo que eso implica de riesgo y frescura, ha sido un triunfo. La producción se apoya a menudo en un escenario casi vacío y eso desplaza el centro de gravedad hacia los intérpretes, hacia el coro y hacia la acción del magnífico libreto de Karel Sabina. Cuando el teatro está verdaderamente vivo, no hace falta llenarlo de objetos. Basta con llenarlo de intención. Aquí la hay.
Más de cien años después de su anterior paso por el Real, La novia vendida reaparece no como una curiosidad arqueológica, sino como lo que siempre fue: una obra maestra de la comedia lírica, capaz de reunir ligereza popular, sutileza musical y observación social. Esta nueva producción no agota todos los caminos posibles del título, pero sí le devuelve su lugar con inteligencia, con músculo teatral y con un nivel musical muy alto. Y eso, en estos tiempos, no es poco.
En qué fijarse
1. En la obertura, más allá del brillo
No es solo una pieza brillante de concierto. Contiene ya el pulso teatral de toda la ópera: intensidad y ligereza a la vez, precisión, impulso rítmico y un fondo de melancolía que anuncia que aquí hay bastante más que simple comedia.
2. En el coro de los cerveceros
Es una de las páginas más populares y reveladoras de la obra. Escúchese cómo lo festivo y lo comunitario se convierten en carácter nacional. Hay en ese número una clave profunda del universo de Smetana.
3. En la danza como motor dramático
Polkas, ritmos folclóricos y pulsos populares no están ahí para decorar. Forman parte del tejido mismo de la obra y son fundamentales para entender cómo Smetana transforma el folklore en teatro musical de primer nivel.
4. En el equilibrio entre humor y gravedad
Cuanto mejor funciona La novia vendida, menos superficial parece su comicidad. Bajo el enredo amoroso laten cuestiones muy serias: el dinero, el matrimonio concertado, la presión social y la dignidad personal. Ahí está buena parte de su modernidad.
