Foto: Isabel Chuecos-Ruiz
“Nos gustan los hoteles porque en ellos podemos intentar ser otra persona y en otro lugar”, escribió Julio Ramón Ribeyro. Tal vez por eso, los hoteles son también espacios privilegiados para leer la ciudad. Lugares donde se condensan aspiraciones, ciclos económicos, gestos arquitectónicos y formas de habitar un tiempo concreto.
La historia de un edificio no se agota en la de sus muros. Es, sobre todo, la historia de la ciudad que lo rodea, de los cambios sociales y económicos que lo atraviesan y de las decisiones proyectuales que acaban inscribiéndolo, o no, en la memoria colectiva. El hotel Torre Melina Gran Meliá, situado en la parte alta de Barcelona, es un hotel que pertenece a esa categoría de arquitecturas que requieren algo más que una mirada rápida. Exigen contexto, distancia y tiempo.
Concebido originalmente como Hotel Rey Juan Carlos I y abierto al público en 1992, pocos días antes del inicio de los Juegos Olímpicos, el edificio nació como una pieza estratégica dentro del ambicioso proceso de transformación urbana de finales del siglo XX. Desde su origen fue algo más que un alojamiento de alta gama, se pensó como infraestructura urbana capaz de acoger congresos, encuentros internacionales y una hospitalidad alineada con la nueva proyección global de la ciudad.
En una Barcelona habituada al gesto icónico, al edificio que se explica a sí mismo y busca impacto inmediato, Torre Melina opera desde otro registro. Aquí el interés no está en la excepcionalidad formal, sino en la continuidad. En su capacidad para insertarse sin estridencias en un territorio complejo, donde ciudad y paisaje no se oponen, sino que se ajustan mutuamente.
La localización de Torre Melina resulta determinante para comprender su carácter. Situado en el límite occidental de la ciudad, allí donde el tejido urbano empieza a perder densidad y el paisaje introduce otra escala, el edificio actúa como un umbral, ni plenamente ciudad, ni completamente paisaje.
Este enclave ha funcionado históricamente como frontera entre lo construido y lo abierto, entre la intensidad metropolitana y una condición más pausada. El hotel Torre Melina asume esa ambigüedad y la traduce en arquitectura evitando la confrontación directa con su entorno. Volumetría, jardín y accesos trabajan de forma coordinada para suavizar el tránsito entre escalas y usos, apostando más por la mediación que por el contraste.
La génesis del edificio se inscribe de lleno en la Barcelona olímpica. Los Juegos de 1992 no solo transformaron infraestructuras y espacio público, sino también la manera en que la ciudad decidió representarse ante el mundo. En ese contexto se encargó a Carlos Ferrater el diseño de un hotel capaz de responder a las aspiraciones de una capital europea moderna, conectada y preparada para albergar grandes eventos internacionales.
El resultado fue un edificio de gran escala, 16 plantas y 391 habitaciones, rodeado de amplios jardines y con un programa funcional completo. Desde el inicio, la relación entre arquitectura y paisaje no fue un añadido, sino una decisión estructural. El hotel no se concibió como objeto autónomo, sino como pieza integrada en una estrategia urbana más amplia.
Su emplazamiento, junto al Palau de Congressos de Catalunya y en el eje de la avenida Diagonal, respondía a una lógica precisa, concentrar alojamiento, actividad congresual y servicios en un nodo urbano capaz de funcionar de forma autónoma y, al mismo tiempo, conectado con el resto de la ciudad. Esta articulación entre programa arquitectónico y visión urbana permite leer hoy el edificio como un testimonio claro de la diversificación funcional de la Barcelona de finales del siglo XX.
Uno de los elementos menos espectaculares y, sin embargo, más determinantes, de Torre Melina es su relación con el paisaje. Más de 25.000 metros cuadrados de jardines históricos, atribuidos al paisajista Josep Fontserè, acompañan al edificio desde su origen.
El jardín introduce una escala intermedia que amortigua la presencia del volumen construido y transforma la experiencia del lugar. Interior y exterior se organizan en diálogo constante: vistas, recorridos y espacios comunes se abren al verde como parte esencial de la experiencia arquitectónica. Frente a modelos hoteleros centrados en la visibilidad y el gesto, aquí el paisaje funciona como mediador, como espacio de permanencia y de respiro dentro de la ciudad.
Tras décadas de actividad, el hotel atravesó dificultades operativas y financieras que desembocaron en su cierre en 2020. Este paréntesis, más que un punto final, abrió la posibilidad de repensar el edificio con mayor profundidad.
En 2023, tras una inversión cercana a los 40 millones de euros, Meliá Hotels International adquirió el inmueble y lo reabrió bajo la enseña Gran Meliá, convirtiéndolo en el primero de esta marca en Barcelona. El nuevo nombre no es anecdótico: “Torre Melina” recupera la memoria de una antigua masía medieval situada en el mismo emplazamiento, reconectando el edificio con una capa previa del territorio.
La intervención abordó una rehabilitación integral. Todo ello sin renunciar a una idea clave, preservar la lógica original del edificio. Las habitaciones se reorganizaron para mejorar circulaciones y los espacios comunes se replantearon para intensificar la relación visual y física con el jardín. Desde una lectura arquitectónica, la operación responde a un principio claro, actualizar sin borrar. Lejos de buscar una imagen nueva, la intervención refuerza la identidad existente y amplía su capacidad de adaptación.
Hoy, el hotel Torre Melina funciona como un engranaje urbano complejo. Su proximidad al Palau de Congresos lo sitúa como socio natural de la economía del conocimiento y los eventos internacionales. Al mismo tiempo, la apertura controlada de jardines y espacios comunes introduce una relación más porosa entre el hotel y la ciudad.
Este equilibrio entre lo público y lo privado, siempre delicado en tipologías hoteleras de esta escala, se resuelve aquí sin gestos forzados. Frente a modelos cerrados y autosuficientes, Torre Melina propone una integración progresiva, en la que el edificio no se repliega, sino que contribuye activamente a la calidad urbana de su entorno inmediato.
Desde 1992 hasta hoy, Torre Melina ha atravesado distintas etapas de uso, gestión y significado. Su recorrido demuestra que la arquitectura no se sostiene solo por la potencia de la imagen, sino por su capacidad para negociar con el tiempo.
Un edificio bien insertado en la ciudad no es el que se impone, sino el que entiende el lugar y acepta transformarse con él. En ese sentido, Torre Melina puede leerse como una arquitectura de permanencia, consciente de su origen, adaptada al presente y abierta a futuros posibles.
Quizá ahí resida su valor más profundo. En ofrecer un lugar al que se puede volver, no solo físicamente, sino también desde la reflexión. En una ciudad intensa y acelerada, Torre Melina propone otra forma de estar más lenta, más atenta, más consciente del contexto. Y es en esa relación silenciosa con el tiempo donde el edificio encuentra su verdadera coherencia.
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