(Foto: Freepik)
Si algo sabemos hoy es que cuidarse va mucho más allá de lo físico. El verdadero bienestar también debe incluir la salud mental y emocional. Y para algunas personas, abarca incluso una dimensión más profunda relacionada con el sentido de vida y la conexión interior.
En ese contexto han ganado visibilidad algunas terapias de enfoque holístico que, además de trabajar la historia personal o el malestar psicológico, incorporan la dimensión espiritual.
Una de ellas es la terapia transpersonal, un enfoque que busca integrar mente, emoción, cuerpo y espiritualidad. Te explicamos en qué consiste una terapia nacida de las corrientes más humanistas de la psicología y que cuenta cada vez con más adeptos.
Aunque este tipo de aproximaciones terapéuticas despiertan gran interés en aquellos que buscan una mirada holística o más integral de sí mismos, las corrientes más asentadas y validadas científicamente desde la psicología suelen mirar con cautela estos modelos.
La razón es que manejan ideas más amplias sobre la conciencia, la energía o la conexión interior, que son conceptos más abstractos o quizá menos estudiados.
Aun así, para algunas personas, la terapia transpersonal y otros enfoques holísticos representan una vía válida de exploración y acompañamiento, especialmente cuando pretenden incluir en el proceso una dimensión espiritual que no siempre encuentran en otras terapias.
La propia palabra transpersonal da pistas sobre su significado. Literalmente, quiere decir ir más allá de la persona, entendida solo como biografía, pensamiento o conducta. Olga Calle, terapeuta transpersonal e instructora de meditación y mindfulness, lo resume como un trabajo que busca “hacer consciente lo inconsciente y liberar lo no resuelto para que la persona pueda vivir con más presencia”.
Desde su planteamiento, que se puede seguir en la cuenta de Instagram @elcaminodelcorazon_sia , “la terapia transpersonal abarca lo biográfico, lo perinatal, lo sistémico y lo espiritual”.
Esta dimensión espiritual es precisamente la que la diferencia de otros enfoques más conocidos. Así, por ejemplo, la orientación cognitivo-conductual suele centrarse en la relación entre pensamientos, emociones y conductas.
Por su parte, otros modelos ponen el foco en el trauma, el vínculo o los conflictos internos. Sin embargo, la terapia transpersonal introduce la idea de trascendencia y conexión con algo mayor que uno mismo: llámese Dios, “algo Superior, Divinidad o Fuente del Universo”, como nombra la experta consultada. Y para la mayoría de sus usuarios, ahí reside precisamente su interés.
Según Olga Calle, a su consulta llegan perfiles muy variados, aunque “con frecuencia son personas que ya han pasado por otros procesos y sienten que algo les falta”. No siempre buscan solo aliviar un síntoma concreto. A veces llegan con sentimiento de vacío, desconexión o una crisis vital difícil de nombrar, que se resume en que algo no termina de encajar.
Y ese matiz resulta importante, ya que la terapia transpersonal suele atraer especialmente a quien no quiere limitar su proceso a “estar mejor”. Además, estas personas pretenden comprender qué les ocurre, cómo han llegado hasta ahí y qué lugar ocupan en su vida preguntas como el propósito, la coherencia o la paz interior.
En la práctica, una sesión puede ser muy distinta de la imagen clásica de consulta que se suele tener en mente. Como terapeuta, Olga Calle explica que “suele comenzar con unos minutos de meditación para bajar el ruido mental y facilitar la conexión con el cuerpo, la emoción y el corazón”.
A partir de ahí, adapta la intervención a lo que el paciente necesite, aunque habla de “toma de conciencia, sanación, transformación y espiritualidad” como ejes de su metodología.
También insiste en algo que hoy comparten muchas corrientes, aunque lo formulen de formas distintas: la importancia de escuchar la emoción, entender su mensaje y evitar que quede enquistada.
En algunos casos, el trabajo continúa en casa con ejercicios o prácticas guiadas, para ayudar a integrar o sanar lo que haya surgido en la sesión.
La propia historia de la psicología transpersonal muestra que nació intentando ampliar el campo de la experiencia humana más allá de los marcos clásicos, muy influida por el legado humanista de Abraham Maslow y por el interés en las llamadas experiencias cumbre o estados expandidos de conciencia.
Ese mismo origen ha hecho que, durante años, una parte de la psicología la haya considerado una corriente minoritaria y menos integrada en los marcos clínicos convencionales o científicos.
Aun así, su presencia institucional no ha desaparecido del todo: la British Psychological Society, por ejemplo, mantiene una sección dedicada a la psicología transpersonal y a la investigación sobre prácticas y experiencias espirituales.
Más que pensar la terapia transpersonal en términos de adhesión o reservas, conviene entender qué viene a ofrecer. Para quien viva una crisis de identidad o vital, se sienta desconectado de sí mismo o necesite integrar una dimensión espiritual que no encuentren otros espacios, puede ser una vía fértil de acompañamiento.
La terapeuta transpersonal Olga Calle sostiene que ayuda a mirar hacia dentro, conectar con uno mismo, comprender la raíz del malestar y ordenar la vida desde una mayor coherencia interna.
También afirma que “esta terapia te invita a mirarte e indagar ese malestar” y que, a partir de ahí, puede aparecer “la coherencia en el corazón”.
Todas estas son palabras que conectan con una sensibilidad contemporánea muy extendida: la de quienes no solo quieren rendir, funcionar o cumplir, sino vivir con más verdad y menos desconexión.
Ahora bien, la terapia transpersonal no pretende dar respuesta a todo. Su interés reside, para muchas personas, en la posibilidad de trabajar el mundo interior desde una mirada más amplia, que incluye la conexión interior con lo espiritual.
Cuando existen patologías o cuadros que requieren diagnóstico y tratamiento clínico, sin embargo, lo adecuado es acudir a psicólogos sanitarios o a psiquiatras psicoterapeutas.
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