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La práctica totalidad de Sociedades Científicas Pediátricas de todo el mundo recomiendan la lactancia materna como único alimento hasta el sexto mes de vida. Algo que puede mantenerse hasta los dos años complementando su alimentación. Ya que a partir de esa edad, la leche como alimento único se hace insuficiente para cubrir las necesidades nutricionales del lactante sano. Algo fundamental en el crecimiento y desarrollo adecuado e importantes en la prevención de las enfermedades del adulto. En los casos en los que la lactancia materna no es posible se recurre a la leche artificial. Hablamos de fórmulas adaptadas de la leche de vaca, que se han ido mejorando. El objetivo es intentar conseguir, sin poder imitar a día de hoy, una funcionalidad parecida a la leche materna, medible por sus efectos en el lactante.
Pasados los doce meses de vida, el niño estaría en disposición de comer prácticamente de todo (con ciertas limitaciones). Y la leche continúa siendo muy a pesar de aquellos que la ‘demonizan’ con argumentos que distan mucho de la evidencia científica disponible, un alimento importante para conseguir un aporte cuantitativo y cualitativo adecuado de nutrientes. Pero, ¿hasta cuándo mantener una fórmula artificial? ¿Cuándo se aconseja dejar de tomar una leche adaptada a las peculiares necesidades de este periodo de la vida?
Aunque no existe un consenso como tal, sería recomendable mantener la leche artificial hasta pasado el año de vida. En concreto hasta los 2-3 años. Las llamadas de continuación ó de crecimiento (2 ó 3) son leches que se adaptan a las necesidades y a la capacidad de digestión del niño en este periodo.
Las leches de crecimiento en general disminuyen el aporte de proteínas, mejoran el perfil graso asegurando un aporte suficiente de ácidos grasos poliinsaturados. Tambien aportan las cantidades optimas de hierro, vitamina D y calcio fundamentalmente. Todo para conseguir que en estos mil días claves, nuestros niños no sobrecarguen el riñón, tomen menos cantidad de grasa saturada y colesterol, mantengan el aporte necesario de ácidos grasos poliinsaturados y tengan una adecuada ingesta de hierro, que es el trastorno nutricional más frecuente en la infancia.
De esta manera estaremos ayudando a prevenir muchas de las enfermedades de la vida adulta. Es el caso de la obesidad, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, asma, cáncer… Además de favorecer el desarrollo de las funciones motora, visual y cognitiva del niño.
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