Foto: Jorge del Real
Se estrena hoy en el Teatro Real uno de esos títulos de culto que, más que llenar agendas, elevan el listón de lo que entendemos por experiencia operística: “Ariadna y Barbazul”. La única ópera de Paul Dukas llega en una nueva producción que combina ambición musical, hondura intelectual y una estética de notable sofisticación visual.
El auténtico acontecimiento, para los más melómanos, es el regreso al foso del veterano maestro Pinchas Steinberg, de 80 años, cuya presencia constituye un verdadero privilegio artístico. Sus apariciones operísticas en España han sido contadas. No dirigía en el Real desde 2010, lo que convierte cada una en un acontecimiento que se aprecia con especial intensidad.
En escena, Àlex Ollé (La Fura dels Baus) propone una lectura inspirada en el libro “La interpretación de los sueños” de Sigmund Freud y sitúa el mito de Barba Azul en un salón de banquetes nupcial, transformado en un elaborado laberinto mental. Para un público habituado a integrar la alta cultura en su estilo de vida, la conjunción de maestro, partitura y puesta en escena es, sencillamente, oro puro.
En un contexto donde la oferta cultural es amplia pero la verdadera excelencia no abunda, contar con Pinchas Steinberg al frente de la orquesta del Teatro Real es un auténtico signo de categoría intelectual y musical.
Formado como violinista con dos referentes del siglo XX, Joseph Gingold y Jascha Heifetz, Steinberg traslada esa escuela de rigor absoluto en el sonido y culto por la línea a su labor como director. En “Ariadna y Barbazul” su intervención es crucial. La música de Dukas, un auténtico “poema sinfónico con voces”, exige varias cosas.
En primer lugar, control meticuloso de las texturas orquestales. En segundo lugar, extrema sensibilidad para preservar la proyección vocal; y al mismo tiempo, la capacidad de desplegar toda la riqueza armónica y tímbrica de una formación enorme.
Steinberg domina este territorio: su carrera incluye lecturas de referencia en títulos donde las fronteras entre lo sinfónico y lo teatral son particularmente sutiles.
Aquí la obra le ofrece un campo de acción ideal. Dukas escribe grandes oleadas sonoras, contrastes dinámicos radicales y una trama instrumental densa, en la que la voz, además de asumir rara vez la melodía principal, no prevalece por volumen, sino por intención y palabra. Solo una batuta experimentada -y con oído genuinamente camerístico-puede convertir esta complejidad en disfrute para el oyente.
Dukas concibe “Ariadna y Barbazul” como una obra en la que la orquesta articula el discurso, mientras las voces “hablan, discuten, conversan”. La orquestación es amplia: dos arpas, celesta, percusión abundante y una escritura por planos que se aproxima, por momentos, al sinfonismo poswagneriano filtrado por la sutileza francesa.
El equilibrio es delicado. Si se respetaran al pie de la letra las indicaciones dinámicas (forte, fortissimo), las voces corren el riesgo de quedar cubiertas. Y si se atenúan demasiado, se diluye el carácter sinfónico que define la obra.
Conviene añadir un matiz que el público general agradecerá. Para muchos, Dukas es ante todo el autor de “El aprendiz de brujo”, el poema sinfónico popularizado por “Fantasía” de Disney. En “Ariadna y Barbazul”, esa misma imaginación orquestal se despliega de manera más compleja y refinada, ofreciendo a los melómanos una experiencia sonora de enorme riqueza.
En paralelo a la arquitectura musical, la propuesta de Àlex Ollé ilumina el libreto de Maurice Maeterlinck con una mirada inequívocamente contemporánea.
Ariadna se presenta como una mujer racional, emancipada y estratégica. No es una heroína romántica sacrificada ni una víctima pasiva del mito. Ella no muere, no paga un precio por su autonomía, sino que intenta rescatar a otras mujeres, incluso cuando ellas prefieren mantenerse donde están.
Toda la acción tiene lugar en un salón de banquetes de boda, que poco a poco se transforma en un espacio mental. Cada puerta que Ariadna abre expone capas del inconsciente y del miedo, hasta la séptima, donde aguardan las mujeres de Barba Azul. El dispositivo escénico combina símbolo y realismo, permitiendo al espectador reconocerse en lo cotidiano mientras se adentra en un territorio onírico.
El desenlace renuncia a la idea de sumisión: las mujeres permanecen, Ariadna respeta sus decisiones y se marcha. La aparición de un minotauro en la imagen final añade un estrato mitológico y psicológico que tiñe el cierre de una ambigüedad muy sugerente.
La escritura vocal perfila con precisión a cada personaje y entre ambas se abre el gran interrogante dramático. ¿Actúa Ariadna movida por un “complejo mesiánico”, un deseo de redimir al resto? ¿O simplemente se niega a compartir la vida con un hombre que no respeta su libertad?
En una de las escenas clave, defiende a Barba Azul ante los campesinos (“no las ha matado”), pero cuando contempla la realidad —mujeres encerradas, hambrientas, en la oscuridad— toma una decisión definitiva: no será ni víctima ni cómplice.
La comparación con El castillo de Barba Azul, de Béla Bartók, presentado por el Real el pasado noviembre, es tan inevitable como fértil.
– En Dukas (1907), aun dentro del horizonte simbolista, la obra es una explosión de luz y voluntad de saber. Ariadna no parte de la sospecha, sino de la necesidad de conocer.
– En Bartók (1911), ya en plena atmósfera expresionista, la desconfianza constante de Judith acaba por arruinar la relación. El clima es sombrío, casi fatalista.
En términos estéticos, Ariadna y Barbazul se sitúa en un punto que enlaza con Richard Strauss y Debussy, pero no como derivación, sino como síntesis original. No extraña que, tras una de las primeras representaciones en Viena, compositores como Schoenberg, Zemlinsky y Alban Berg celebraran entusiasmados su lenguaje.
La producción nació en la Opéra National de Lyon en plena pandemia, sin público en sala, y llega ahora a Madrid como coproducción, finalmente ante un auditorio lleno. La sintonía previa entre Steinberg y Ollé -que ya coincidieron en otros títulos de gran formato- será clave para ajustar ese delicado eje foso–escena del que depende que “Ariadna y Barbazul” se revele con toda su fuerza en el Teatro Real.
El modo en que equilibrara la masa orquestal con las voces, cómo dejara respirar a los cantantes, cómo construye y libera los clímax. Seguramente, seguir “qué hace la batuta” en cada transición va un placer tanto para el oído experto como para quien simplemente quiere dejarse envolver por el sonido. El trabajo de respiración conjunta con las solistas y la gestión de los planos sonoros deberá traducirse en texto inteligible, riqueza tímbrica y una tensión dramática sostenida.
La necesidad de una articulación limpia para que la palabra se imponga a una textura que, por momentos, se acerca a una auténtica masa sonora. Para quienes disfrutan de los detalles estilísticos y del contexto histórico, la función ofrece el doble atractivo de escuchar la obra y situarla en el mapa de una Europa musical en transición.
La paleta tímbrica (arpas, celesta, percusión) y los contrastes dinámicos son impactantes. Conviene atender a los pasajes casi impresionistas, de enorme delicadeza, frente a las grandes oleadas sinfónicas.
Cómo se mueve, cómo decide, cómo observa, más allá del canto. No es una figura sometida, sino una mujer que asume la responsabilidad de sus elecciones. El diálogo final con las otras mujeres, que optan por permanecer mientras ella se marcha, es clave para comprender la lectura feminista y contemporánea de la obra.
El salón de banquetes transformado en laberinto interior: cada puerta abierta, cada cambio de luz, cada variación del espacio escénico revela un estado mental. El espectador, cautivo o no, puede jugar a descifrar qué representa cada ámbito, cada grupo de personajes y, por supuesto, la imagen final con el minotauro.
Ariadna y Barbazul llega al Teatro Real como algo más que un título recuperado: es una ocasión de escuchar a un maestro como Steinberg frente a una partitura de culto, de asistir a una lectura escénica intelectualmente estimulante y de comprobar cómo el mito se reescribe desde la sensibilidad de hoy. Para quien entiende la ópera como uno de los grandes placeres de la vida, pocas veladas de esta temporada ofrecerán una combinación tan precisa de exigencia, belleza y significado.
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