Foto: Javier Ocaña
¿Puede alguien ser tu remanso de paz incluso en sus peores momentos? Máximo Huerta lo es para mí. Es “mi Max”. Me hace reflexionar con sus argumentos y parar para respirar con sus historias. A través de sus libros he conseguido conocerle mejor, aunque nada cambia ni supera el trato personal y directo, mirándose a los ojos.
Desde hace tres años vive alerta, con el teléfono adosado a su vida. Cuida a su madre y, aunque no lo sepa, es el mejor artículo que hará en su vida. Mamá está dormida es su nueva novela. Es ficción, pero es verdad. Su sincera y desgarradora verdad…
The Luxonomist: No quiero empezar esta charla sin saber cómo estás tú…
Máximo Huerta: Estoy… aprendiendo a estar. Hay días en los que me siento fuerte, casi pedagógico con el dolor, como si supiera explicarlo y ponerle orden. Y hay otros en los que una frase, un olor o una pregunta sencilla me desmontan la arquitectura. Estoy cansado a veces. No físicamente -o no solo-, sino de esa vigilancia interior que no descansa del todo.
Pero también estoy agradecido. Porque incluso en la intemperie hay momentos de una ternura inmensa que no habría conocido de otra manera. Estoy más lento. Más atento. Menos dispuesto a perder el tiempo en lo superfluo. Y estoy escribiendo. Que en mi caso no es un oficio: es una manera de entender qué me pasa por dentro. Así que, si tuviera que resumirlo sin literatura: estoy frágil, pero sereno. Y eso, ahora mismo, es suficiente.
TL: ¿Mamá está dormida está inspirada en la realidad? ¿En tu realidad?
MH: Está inspirada en mi realidad emocional. No es un reportaje biográfico, es una novela. Pero la semilla es verdadera: la experiencia de acompañar la fragilidad, el desconcierto, la ternura y la rabia que provoca ver desdibujarse a quien te sostuvo.
TL: ¿Has descubierto, en sus momentos de lucidez, cosas que desconocías?
MH: La enfermedad a veces actúa como un descorche extraño. Aparecen frases sueltas, recuerdos que nunca se habían contado. Y otras veces no aparecen. Y ese silencio también dice mucho.
TL: Cuando tu madre te pregunta dónde está tu hermano, ¿se desmorona el mundo?
MH: No se desmorona: se agrieta. Es un segundo apenas, pero duele. Porque entiendes que no estás siendo visto del todo. Y, al mismo tiempo, sabes que la pregunta no es contra ti, sino contra la memoria.
TL: ¿Echaste en falta un hermano?
MH: A veces sí. No por reparto de herencia emocional, sino por reparto de miedo. El miedo compartido pesa menos.
TL: ¿Cuántas dosis de paciencia has añadido a tu día a día?
MH: Más de las que sabía que tenía. Y otras que he tenido que inventar. La paciencia no es infinita, pero se estira cuando el amor es grande.
TL: ¿Te dejas cuidar?
MH: Aprendo. Los que cuidamos tendemos a olvidar que también necesitamos descanso, palabras suaves, alguien que nos diga “ya está, hoy no más”. Me lo estoy permitiendo.
TL: ¿Cómo se gestiona ver envejecer a quien quieres?
MH: No se gestiona del todo. Se acompaña. Se acepta a ratos. Se niega otros. Envejecer es una lección de humildad para quien envejece y para quien mira.
TL: ¿Y comprobar que los años también pasan factura en ti?
MH: Eso es lo más desconcertante: mientras sostienes, también te agrietas. Te das cuenta de que el tiempo no solo pasa por la habitación de al lado.
TL: ¿Cuántos vacíos has convertido en historias?
MH: Muchos. Escribir es mi forma de rellenar huecos con sentido. No para taparlos, sino para mirarlos sin tanto vértigo.
TL: Sabes que suelo recoger siempre algunas frases de tus libros que me hacen pensar y, a veces, me llevan a parar y respirar. Vamos con algunas… “Escribir es hacerme preguntas durante mucho tiempo”. ¿Has encontrado las respuestas?
MH: Algunas. Otras han cambiado de forma. A veces escribir no da respuestas, pero ordena el caos. Y eso ya es una forma de alivio.
TL: “Dios y sus cosas”. ¿Eres consciente de todo lo que encierra esa frase?
MH: Encierra ironía, resignación, misterio y un punto de ternura. Es una frase que no afirma ni niega: simplemente deja espacio a lo inexplicable.
TL: “Escribir es hablar solo”. ¿Es la mejor manera de conocerse?
MH: Es una manera honesta. Cuando escribes no puedes esconderte demasiado tiempo. Las palabras te delatan.
TL: “Empiezo a fuerza de resignación a querer a otra madre”. ¿Se puede desligar una de la otra?
MH: No. Conviven. Está la madre que fue y la que es ahora. Querer a la nueva no borra a la anterior. Es un amor que se transforma, no que sustituye.
TL: ¿Te has acostumbrado a vivir en alerta?
MH: El teléfono suena y el cuerpo responde antes que la cabeza. Es una alerta que no hace ruido, pero nunca se apaga del todo.
TL: ¿Estás preparado para el desenlace inevitable?
MH: No se está preparado. Se sabe que llegará. Y esa diferencia es enorme. Saber no es aceptar. Aceptar no es estar listo.
TL: ¿El final de Mamá está dormida nos abre a un Máximo escritor más polifacético?
MH: Cada final abre algo. El dolor ensancha, aunque uno no lo pida. Supongo que me hará más libre, más frágil y, por tanto, más verdadero. Y la literatura siempre agradece la verdad.
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