El coste psicológico de la ortorexia, la cibercondría y la ecoansiedad
En el Día Mundial de la Salud repasamos algunos de los males mentales contemporáneos que nos afectan.
El martes 7 de abril se celebra el Día Mundial de la Salud 2026. Lo hace bajo el lema “Juntos por la salud. Apoyemos la ciencia”. Con el mismo la OMS hace un llamamiento a defender la salud con evidencia y con información fiable basada en la colaboración científica y en la innovación, al servicio del bienestar común.
Aun así, y viviendo como vivimos un momento de enormes avances médicos, tecnológicos y preventivos, la salud sigue enfrentándose a la paradoja de ver nacer nuevas formas de malestar, sobre todo en el plano psicológico.
Y aunque no siempre hablemos de diagnósticos “oficiales”, trastornos como la ecoansiedad, la ortorexia y la cibercondría son acepciones cada vez más conocidas, al describir algunas de las obsesiones más presentes en nuestros días.
Buscar respuestas en Internet no es buen consejo
Lo curioso es que detrás de estos términos no existe una preocupación absurda o injustificada, sino una tan legitimada como es el deseo de hacer las cosas bien en términos de salud. De hecho, comer sano (o saludable, como se suele escuchar ahora), estar atento a los síntomas de la enfermedad o inquietarse por el futuro del planeta son actitudes comprensibles.
Pero cuando esa conciencia se vuelve excesiva, puede acabar derivando en rigidez, culpa, e hipervigilancia. O, lo que es peor, en una sensación constante de amenaza.
Parte del problema tiene que ver con la sobreexposición a toda la información que circula en Internet sobre los distintos temas en torno a la salud, a menudo desordenada y, por supuesto, no siempre fiable. Damos un repaso a tres de los malestares psicológicos más reconocibles de hoy.
La ortorexia o la obsesión por comer saludable y orgánico
Entre los términos que más se repiten en este nuevo glosario de trastornos psicológicos está la ortorexia. Esta afección describe una preocupación obsesiva por comer sano, y únicamente aquellos alimentos que se consideren “limpios” o correctos.
La persona no solo intenta alimentarse bien, sino que puede acabar sometiendo su vida a una lista cada vez más rígida de prohibiciones, reglas y rituales. En muchos casos, la exigencia se extiende también a la búsqueda compulsiva de alimentos orgánicos, naturales o supuestamente “puros”, como si solo a través de ellos fuera posible comer de manera aceptable.
La literatura científica la describe como una condición emergente, aunque su encaje diagnóstico sigue siendo objeto de debate. Desde fuera, este estilo de vida se premia socialmente e incluso parece admirable. Por esta razón cuesta tanto detectar cuándo el interés por la salud empieza a convertirse en una obsesión patológica.
Las redes sociales amplifican la ortorexia
En estos casos, vemos que el problema no tiene que ver con la comida, sino con una ansiedad subyacente de control (que bien se podría haber manifestado en otra cosa), que llevará también a la culpa cuando se rompan estas normas autoexigidas y rígidas.
En los peores casos, la ortorexia puede conducir al aislamiento social. La persona necesita supervisar por completo lo que ingiere y acaba teniendo dificultades para comer con los demás. Además de tener una sensación constante de amenaza ante alimentos considerados “inaceptables” o incluso tóxicos.
Las redes sociales han ayudado a amplificar este fenómeno gracias a la cantidad de contenido que presentan en temas de comida, tanto en lo que son materias primas como en su forma de elaboración culinaria.
Así, los consejos nutricionales simplificados, las listas de ingredientes demonizados y los estilos de vida “de referencia” presentado por muchos influencers refuerzan una relación rígida con la alimentación que puede afectar a muchas personas.
En estos casos, el cuidarse deja de ser una práctica flexible para convertirse en una forma de control susceptible de tratamiento psicológico en cuanto a la alimentación.
La cibercondría o cuando Internet alimenta la obsesión
Otra palabra cada vez más frecuente en nuestras conversaciones cotidianas es la cibercondría, que viene a ser una especie de hipocondría de toda la vida, pero con las aportaciones de Internet.
Específicamente, del ya conocido como Doctor Google. En los casos leves se manifestará por la búsqueda de información sobre síntomas autopercibidos. Pero puede ir a más. El problema viene cuando los resultados de esa búsqueda no tranquilizan, sino que alimentan un círculo de sospecha, miedo y nuevas consultas.
Las investigaciones recientes sobre la cibercondría aluden precisamente a este aumento de la ansiedad en relación con la búsqueda excesiva de información médica en Internet.
El mecanismo es fácil de reconocer: un dolor de cabeza, por ejemplo, lleva a una búsqueda rápida. La búsqueda ofrece un abanico de explicaciones, desde las más frecuentes hasta las más graves. Entonces la persona intenta calmarse yendo más lejos en su “investigación” del tema y leyendo más.
Pero cuanto más lee, más posibilidades contempla y más duda de sus propios síntomas. Y como resultado de todo esto no hay un alivio, sino malestar y la generación de un estado crónico de estar siempre hiperalerta, continuamente buscando indicios y pruebas de enfermedad.
La cibercondría no deja de ser una de las expresiones más claras de nuestro tiempo. Aunque vivimos rodeados de información, eso no equivale necesariamente a estar mejor informados. Consultar síntomas en Internet parece, a simple vista, una forma de prevenir y de cuidarse.
Por eso el lema de este Día Mundial de la Salud 2026 resulta especialmente oportuno: en un contexto de sobreinformación, defender la ciencia también implica saber distinguir entre una evidencia contrastada y un contenido poco fiable pero con apariencia de verdad científica.
La ecoansiedad o vivir con miedo al mañana
La ecoansiedad es probablemente una de las expresiones más características en nuestros días. Con ella se alude al miedo, a la tristeza o la preocupación persistente ante la crisis climática y sus consecuencias.
Todo comenzó, en cierto modo, con Al Gore y Una verdad incómoda. El documental, estrenado a mediados de los 2000, ayudó a trasladar las advertencias sobre el cambio climático del terreno estrictamente científico a la conversación pública y cotidiana a nivel global.
Años después, esa preocupación global encontró un nuevo rostro en Greta Thunberg, la joven activista sueca que convirtió la ansiedad climática de toda una generación en un mensaje político y social escuchado en foros internacionales.
Algo que nace de una amenaza real
No es casual, por tanto, que esta inquietud tenga hoy una especial fuerza entre los más jóvenes, hasta el punto de que algunos se planteen renunciar a tener hijos por miedo al tipo de mundo que les tocaría habitar en el futuro.
Lo cierto es que la ecoansiedad no nace de una idea irracional, sino de una amenaza real. Por eso, muchos expertos la entienden como una reacción emocional comprensible, aunque a veces pueda crecer hasta hacerse intensa y difícil de manejar.
Además, no se mueve tan solo en el terreno de la vida privada, sino que tiene una dimensión colectiva, moral e incluso generacional. Quien la sufre puede sentir impotencia, culpa por sus hábitos de consumo, rabia ante la falta de respuestas eficaces o una inquietud de fondo al pensar en el futuro.
No es el miedo clásico ante un peligro inmediato, sino la sensación de vivir bajo una amenaza lenta y constante que resulta demasiado grande como para poderse controlar desde los propios medios.
La ecoansiedad muestra muy bien hasta qué punto la salud mental no puede separarse del contexto. En este sentido, no todo malestar nace de un conflicto íntimo. A veces, surge de mirar alrededor y sentir que el mundo nos exige una adaptación psicológica para la que no nos han preparado.
