La diferencia psicológica entre perdonar y ser perdonado

A menudo se meten en el mismo saco, pero son procesos muy diferentes

Patricia Peyró. 26/05/2026
Foto Unsplash @priscilladupreez

Perdonar y ser perdonado parecen dos escenas de un mismo acto, pero en realidad no lo son. Una cosa es reconocer que hemos hecho daño a alguien, disculparnos y tratar de reparar nuestras acciones; y otra muy diferente es estar en el lugar del que ha recibido el daño, con la sensación adicional de que debemos perdonarlo para sentirnos bien, cerrar etapas o demostrar que lo hemos superado. 

Normalmente metemos ambas cosas en un mismo saco del perdón. Pero pedir perdón y perdonar no ocupan el mismo lugar psicológico e implican procesos emocionales muy distintos. 

Disculparse tiene que ver con asumir la responsabilidad de los propios actos. Mientras que perdonar implica un proceso interno más delicado, que no se puede acelerar y que nunca debería imponerse desde fuera. A menudo, la dispensa se suspone necesaria para superar las cosas.  Pero la verdadera cuestión no suele ser si hay que perdonar para poder pasar página, sino qué necesita cada uno para poder elaborarlo o dejar de sentirse atrapado en lo sucedido.

La importancia de pedir perdón 

En una relación en la que no hay espacio para reconocer el daño, tampoco lo hay para la reparación. Por eso, pedir disculpas es un ejercicio primordial dentro de las relaciones sanas. Sirve para reconocer que hemos fallado, pero somos conscientes de ello y tenemos propósito de enmienda. 

No disculparse, por el contrario, es una forma de esquivar la responsabilidad que suele interpretarse como orgullo o falta de empatía.  Además, tiene consecuencias: habitualmente no se rompe una relación por un hecho concreto, sino por la sensación repetida de que el otro nunca reconoce lo que hace. En este sentido, el daño no reparado es sumatorio. Esto termina generando distancia no es solo el error inicial, sino la falta de reconocimiento posterior.

Las emociones tras el acto de pedir perdón

Cuando una persona se da cuenta de que ha hecho daño a otra, suele aparecer la culpa. En su forma sana, esta ayuda a revisar lo ocurrido, a reconocer los errores y a reparar. Por otra parte, junto a la culpa suele aparecer también la vergüenza. No solo vemos lo que hemos hecho, sino cómo quedamos ante el otro y ante nosotros mismos.

En una medida sana, la vergüenza ayuda a cuidar el vínculo social. Pero cuando crece demasiado, la persona se esconde, se justifica o evita la conversación.  Pedir perdón implica tolerar esas emociones incómodas: aceptar una culpa y una vergüenza suficientes para aceptar la responsabilidad y no salir huyendo.

perdon
En una relación sana, reconocer el daño ayuda a reparar el vínculo. Foto Unsplash @stevedimatteo

Pedir perdón no es justificarse

Disculparse no consiste solo en decir perdóname ni en justificarnos con amplios discursos. Hacerlo así hace que la disculpa pierda fuerza, porque enseguida aparecen las excusas como defensa: tú también lo haces, no era para tanto, no era mi intención… Y aunque en las relaciones adultas las explicaciones importan, una disculpa reparadora no se centra en librarse de la culpabilidad. Se centra en abrir un espacio para entender lo que se ha dañado y repararlo.

Por qué el perdón no siempre llega a pesar de las disculpas

Pedir perdón nunca obliga al otro a perdonarnos, por más que nos cueste aceptarlo. Una persona puede disculparse de verdad y aun así encontrarse con que el otro necesita tiempo, distancia o incluso decide dejar la relación. En este sentido, ser perdonado puede ser muy reparador, pero no puede reclamarse.

Si lo exigimos, la disculpa deja de ser un acto de responsabilidad y se convierte en una “petición de absolución”. En lugar de mirar el daño causado, buscamos que el otro nos quite de encima el malestar. Sin embargo, el perjudicado habitualmente necesita madurar las cosas para comprobar si hay cambios reales o si esta petición de perdón es solo una manera de hacer como si no hubiera pasado nada. 

Perdonar es otro proceso

El acto de perdonar es complejo: hay personas que sienten que deberían perdonar para avanzar, pero por dentro siguen sintiendo rabia, tristeza, decepción o humillación. Se dicen a sí mismas que ya pasó, que no quieren vivir con rencor o que deberían superarlo. Pero la emoción y el dolor siguen ahí. ¿Hasta qué punto conviene perdonar para vivir en paz? Algunos estudios han relacionado el perdón con un mayor bienestar psicológico. 

Harvard Health Publishing recoge investigaciones sobre el perdón que lo asocian con menos síntomas de ansiedad y depresión.  Por su parte, el Greater Good Science Center, de la Universidad de California en Berkeley, define el perdón como una decisión consciente de soltar el resentimiento o el deseo de venganza hacia quien ha causado daño.  

Sin embargo, esto no significa que perdonar sea sencillo ni que deba convertirse en una receta universal. El perdón ayudará cuando forme parte de un proceso honesto. Pero si se fuerza demasiado pronto, puede convertirse en una forma de tapar lo que todavía necesita ser comprendido o puesto en palabras.

Nunca podemos exigir a nadie que nos perdone . Foto: Unsplash

Antes de perdonar hay que reconocer lo que se siente

Es difícil perdonar si antes no se ha podido reconocer bien el daño. A menudo la persona sigue intentando disculpar al otro, minimizar lo ocurrido o convencerse de que no fue para tanto. Pero si no hay una reflexión suficiente sobre lo sucedido ni una atribución clara de responsabilidad, a menudo esas explicaciones se convierten en un autoengaño. 

Por ello, antes de poder perdonar es importante identificar las emociones que aparecen, validarlas e incluso ponerles nombre: ¿Es rabia, tristeza, miedo, decepción o sensación de injusticia?

La emoción que aparece más habitualmente es la rabia, y aunque no conviene convertirla en el centro de todo, no hay que negarla. En algunas situaciones, la ira ayuda a recuperar un límite interno. Permite ver que algo dolió, que fue injusto o que uno no quiere volver a pasar por lo mismo. Y no se trata de enquistarla de forma permanente, sino de escucharla y validarla para ver lo que señala.

Cuando se puede expresar y comprender el origen de la rabia, normalmente baja en intensidad. Llegado ese momento, se puede perdonar casi cualquier cosa, pero no como por obligación, sino como una consecuencia del proceso.

Los errores más habituales del acto de perdonar

Creer que perdonar es olvidar

Una frase muy habitual y que todos conocemos es la “perdono, pero no olvido”. A veces se dice con cierto resentimiento, pero también expresa algo importante: perdonar no significa borrar lo ocurrido ni actuar como si no hubiera tenido consecuencias. La memoria del daño no siempre es rencor. A veces es una forma de aprendizaje, de cuidado y sirve para poner límites.

Pensar que perdonar implica volver al vínculo.

Perdonar no significa que lo ocurrido deje de tener importancia. Por esta misma razón, una persona puede elaborar lo sucedido, soltar parte del resentimiento y aun así decidir que necesita distancia. 

Confundir perdón con reconciliación

La reconciliación necesita algo más que perdón. Necesita responsabilidad, cambios, tiempo y una sensación mínima de seguridad. Si no hay nada de eso, pedir a alguien que perdone para volver a la normalidad puede ser una forma de dejarlo desprotegido. Hay vínculos que pueden repararse, pero otros no, y reconocer esa diferencia es necesario.

La paz no siempre depende del perdón

Todo el que ha sido dañado necesita tiempo, claridad y libertad para decidir qué hacer con lo sucedido. Si después aparece el perdón, este podrá ser reparador. Pero solo si llega después de haber reconocido lo que se siente, y no como manera de negar o cerrar demasiado rápido lo vivido.

Últimas noticias

Subir arriba