PSICOLOGÍA

El síndrome de la cara vacía y el fin (o no) de la mascarilla

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Fue extraño volver a ver nuestros familiares y amigos después de alrededor de ocho semanas de aquel (antes inconcebible) encierro. Más raro aún se sintió el primer abrazo, por no hablar del ansiado primer día en el que regresamos a una terraza y nos descubrimos las caras para poder compartir un extraordinario aperitivo. Entre tanto, se normalizaron las distancias, los saludos con el codo nos llegaron a parecer de lo más espontáneos y naturales, y la mascarilla pasó a formar parte de nuestra indumentaria cotidiana.

Para algunos esto del uso de la mascarilla sucedió con pasmosa facilidad – aunque a la fuerza, claro – y para otros ha seguido costando ahogos y esfuerzos; pero no por ello se ha pretendido en ningún momento poner en duda su utilidad o rebelarse contra su uso. Había que llevarla, y punto. Peores eran los tiempos en los que no la llevábamos porque comprarlas era un lujo asiático, nunca mejor dicho. La mascarilla como profilaxis ha sido de las pocas cosas que nos ha quedado bien claras desde el principio. Si su obligatoriedad no se decretó antes, fue porque su abastecimiento no estaba garantizado, no porque su eficacia haya sido nunca cuestionada.

Las mascarillas han formado parte de nuestra rutina desde hace un año. Foto: @majestical_jasmin Unsplash.

Seguridad y mascarilla, dos en uno

La mascarilla nos ha dado seguridad, vaya si nos la ha dado. Nos ha facilitado la vida mucho más de lo que nos ha incomodado. La mascarilla nos ha permitido acercarnos a mínimamente a los demás sin percibirles como una amenaza. Hizo posible ese primer y ansiado abrazo del que hablábamos antes, posibilitó la vuelta al trabajo; permitió el uso del transporte público y ha resultado ser una protección, en ocasiones, insustituible. Quien ha pasado por el despiste puntual de salir del coche o a tirar la basura sin ella se ha sentido de pronto como desnudo; como se viven esos sueños recurrentes en los que uno se encuentra de pronto en la calle sin pantalones, y encima infringiendo la ley.

Por eso estos días son más las mascarillas que se ven por la calle que los rostros al descubierto, y quienes han decidido liberarse de ella se sienten observados con cierto aire de reproche. Y es que el llamado síndrome de la cara vacía es una respuesta lógica, coherente y esperable ante esta realidad tan vertiginosamente inusitada que nos ha tocado vivir.

Vivimos con miedo y estrés ir sin mascarilla por la calle. Foto Unsplash @alina_frames

El síndrome de la cara vacía

Meses de pedagogía escuchando de boca de numerosísimos expertos que la cercanía con los demás y la invisible inhalación del aire que otros respiran es una peligrosa fuente de contagio; requieren ahora de un periodo de readaptación. Y cursan con miedo, estrés, nerviosismo, pensamientos anticipatorios y suspicacia ante la cercana presencia física de otras personas. Nos han repetido hasta la saciedad eso de los grupos burbuja, y en la calle no hay burbuja que valga. En un semáforo o al doblar una esquina nos cruzamos con alguien de quien voluntariamente no queremos pensar mal, pero que nuestro cerebro cataloga como amenaza y frente a quien se pone automáticamente en guardia.

Eso último es fundamental que lo entendamos, para no juzgar injustamente a ese que se sobresalta a menos de metro y medio de nosotros. El automatismo involuntario del miedo es un factor a tener en cuenta antes de ofendernos o de personalizar el miedo ajeno. La mera presencia física de un desconocido activa de manera automática toda una serie de esquemas que hemos codificado y grabado a fuego en nuestra mente en los últimos intensos meses. Y a nuestro cerebro en modo supervivencia le cuesta mucho encajar mensajes contradictorios. Si el día 25 de junio un patrón de comportamiento era sinónimo de contagio, al día siguiente no puede haber dejado de serlo.

Se puede perder el miedo. Foto Unsplash @zvessels55

Es un proceso al que tenemos que adaptarnos

Aún no todos estamos vacunados. En las noticias se siguen informando de brotes y macro brotes; y aunque afortunadamente en menor medida, las personas siguen enfermando, te cuentan que lo han pasado francamente mal; y que hasta han necesitado pasar por un ingreso hospitalario. De esas evidencias tangibles también se nutren esos esquemas interpretativos que consideran que el otro es peligroso y que, muy poco a poco y con cautela, tendremos que ir descodificando.

Estamos ante un proceso adaptativo que implica desensibilizarnos ante el miedo y reaprender a convivir y relacionarnos con normalidad. No hay duda de que lo conseguiremos. Los patrones habituales de interacción social son intrínsecamente reforzantes para el ser humano; y por ello terminarán por imponerse de nuevo. Todo a pesar de que es muy posible que el síndrome de la cara vacía no deje nunca de asaltarnos por completo.

Vivir sin mascarilla y aceptar el síndrome de la cara vacía

¿Por qué? Esto es así porque el impacto traumático de lo que muchos han vivido en primera persona ha sido tan potente que muchos de los aprendizajes que han extraído de su experiencia serán difícilmente moldeables. No de manera constante pero sí puntualmente habrá situaciones que muchas personas, sin mascarilla, no volverán nunca a ser capaces de tolerar (como algunos tipos de aglomeraciones, como el metro en hora punta con cientos de personas enlatadas en un vagón como sardinas).

Ana Villarrubia

Psicóloga, terapeuta de pareja. Dirijo el centro sanitario ‘Aprende a Escucharte’ y colaboro en medios. Me interesan las personas: cómo actuamos y cómo nos relacionamos.

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