Cómo conseguir que las fiestas de pijamas sean recordadas para siempre
Mucho más que una noche fuera de casa, las fiestas de pijamas suponen un punto de inflexión en la infancia de todos.
Ha pasado mucho tiempo desde las llamadas al fijo, las películas en VHS y las confidencias con luces apagadas que los padres de hoy recordamos cuando íbamos a dormir a casa de algún amiguito de la infancia. Todos estos elementos han dado paso a móviles, selfis grupales y post en redes sociales, aunque la esencia sigue siendo la misma.
Llámese fiesta de pijamas, sleepover o ir a dormir, el ritual continúa existiendo como una parte imprescindible de la infancia y la adolescencia. Repasamos la importancia de estos planes con las recomendaciones esenciales para que las fiestas de pijamas sean recordadas para siempre.
Como padres, solemos pensar en la fiesta de pijamas desde la logística: quién invita a quién, quién recoge o lleva al niño, o qué debemos meter en la mochila. Pero psicológicamente es mucho más que eso. Dormir fuera no es lo mismo que ir a jugar por la tarde.
Incluso puede decirse que es uno de los hitos evolutivos que marcan un antes y un después en la vida del niño. Con ello suelen constituir una primera experiencia en la que ensayan cómo estar bien fuera de casa por la noche, cómo adaptarse a las normas de otra familia, y cómo moverse en un espacio de intimidad compartida en el que nosotros, sus padres, no estamos presentes.
Un pequeño rito de paso
En las amistades infantiles y adolescentes se desarrollan constructos como la identidad y la pertenencia, junto a otros como la empatía y habilidades de comunicación o resolución de conflictos. Y todos estos se intensifican en espacios tan privados como las fiestas de pijamas. Por esta razón, este tipo de encuentros deja recuerdos tan duraderos en la persona. Child Mind Institute explica que, además, estas experiencias pueden ser una parte valiosa del crecimiento, precisamente porque ayudan a los niños a ganar valentía de forma gradual.
Desde EnFamilia, de la Asociación Española de Pediatría, se insiste en que la autonomía se favorece evitando la sobreprotección y haciendo separaciones breves y cada vez más prolongadas. Algo que encaja muy bien con este tipo de experiencias cuando llegan en el momento adecuado. Esto hace de las fiestas de pijamas un evento social muy recomendable cuando es bien manejado:
- Funcionan como un primer espacio de autonomía emocional en el que comprueban que pueden estar bien incluso cuando nosotros no estamos cerca.
- Es un ensayo para separarse de los padres en un contexto amable y no reglado, pero entre amigos.
- Los niños aprenden a tolerar un poco de extrañeza, a pedir ayuda a otros adultos, y a dormir en otra habitación distinta a la suya.
¿A qué edad es adecuado que el niño duerma fuera de casa?
La cuestión no es tanto la edad a la que podemos dejar a nuestro hijo dormir en casa de un amigo, sino si ese hijo en concreto está preparado. Y esto cambia incluso entre hermanos. La clave está en ver si surge como iniciativa del niño y no como algo impuesto por los adultos.
Lo importante es valorar si le apetece de verdad, si confía en los adultos de esa casa, o si tolera razonablemente los cambios de rutina y lo vemos capaz de pedir ayuda si se siente incómodo.
Por nuestra parte, debemos ser flexibles: hay niños que con menos años afrontan bien una noche fuera. Otros en cambio, aun siendo más mayores, siguen necesitando más tiempo. Recordemos que la noche no es un escenario neutro.
Puede ser excitante y divertida, pero también amplificar la inseguridad y la sensación de descontrol. En este sentido, la Asociación Española de Pediatría (AEP) recuerda que los temores infantiles cambian con la edad y que entre ellos están el miedo a la oscuridad, a la separación o a dormir solos, todos ellos especialmente presentes por la noche.
Límites, seguridad y supervisión
Conviene preparar estas experiencias con naturalidad y con algunas precauciones de sentido común. Antes de decir que sí, nos interesa conocer bien a la familia anfitriona, saber qué adultos estarán en casa y qué normas habrá. Todos estos aspectos pueden resolverse con una conversación con la persona que invita a nuestro hijo. La cuestión más importante será, por supuesto, saber que hay un adulto ahí supervisando por si llegara a pasar algo.
Aunque en nuestros días no podemos obviar algunos aspectos inevitables como los móviles, Internet o las pantallas. Este punto merece especial atención porque la intimidad de una fiesta de pijamas ya no se juega solo en el salón o en el dormitorio, sino también en el móvil.
La AEP recomienda limitar y supervisar el acceso a internet entre los 7 y los 12 años, y Child Mind Institute ha advertido de que la comunicación digital puede aumentar los malentendidos, la comparación y la ansiedad social cuando sustituye parte del contacto directo. Dicho de otro modo, sin la adecuada supervisión, una noche que debería ser presencial y de fortalecimiento de vínculo entre niños, podría llegar a convertirse en una sucesión de vídeos, mensajes o contenidos inapropiados para su edad.
Un espacio especialmente femenino
Aunque dormir fuera no es una práctica exclusiva de niñas, culturalmente la fiesta de pijamas ha quedado muy asociada a ellas. El cine, las series y la cultura pop la han codificado como un escenario de intimidad, ensayo de identidad, conversación emocional y pequeñas alianzas.
Más que tomarlo como un cliché, podemos leerlo como una escena simbólica en la que muchas niñas han aprendido a construir complicidad. Eso no excluye a los niños, que también viven sus propias noches fuera como rituales de amistad, pero sí explica por qué la imagen social de las fiestas de pijamas (o pijamas parties en inglés) suele estar tan impregnada de códigos femeninos.
Cuando no van bien las cosas en la pijama party
La fantasía cultural promete risas, palomitas y ausencia de conflictos, pero la versión idealizada de estas noches no siempre coincide con la real. Habrá veces en que el niño no consiga dormirse o tenga miedo. Y los peores escenarios serán aquellos en los que el niño descubra una dinámica de exclusión que no ha sabido anticipar y que lo haga sentir incómodo.
Recordemos que las amistades también son un laboratorio de jerarquías, pertenencia y ansiedad de evaluación. Tal y como recuerda Child Mind Institute, las amistades ayudan a construir el sentido de pertenencia, y precisamente por eso, las experiencias de exclusión o rechazo pueden doler tanto.
Si hay que ir a buscarlo, se va
¿Qué hacemos si nuestro hijo llama porque no está a gusto y tenemos que ir a recogerlo? Obviamente, hay que ir a por él. Y además hacerlo sin enfado, sin ironías y sin convertir esa recogida en un fracaso para el niño.
Child Mind Institute insiste en que conviene validar las emociones del niño, ayudarlo a tolerar la ansiedad de manera gradual y no transformar la experiencia en una prueba para él. Una vez en casa, será muy importante no dramatizar con lo sucedido, ni mucho menos humillar.
Crecer también es poder volver
De hecho, poder cambiar de idea también forma parte del aprendizaje. Hay un tipo de autonomía muy sana que no consiste en aguantar a toda costa, sino en reconocer el propio límite y saber pedir ayuda. Si queremos que nuestros hijos ganen en seguridad, conviene que perciban que estaremos disponibles también cuando las cosas no salgan bien o de acuerdo con lo esperado.
A veces, el siguiente paso no será otro sleepover completo, sino una versión intermedia. La aproximación gradual que proponen tanto la AEP como Child Mind Institute va precisamente en esa dirección: quedarse hasta más tarde, hacer una cena larga, o dormir fuera de casa pero con un primo o con una familia muy conocida.
