Por qué a menudo se hacen realidad nuestros peores temores

Pensar en un resultado aumenta la probabilidad de que se cumpla, pero no por las razones que crees. 

Patricia Peyró. 14/04/2026
(Foto: Piqsels)

Cada vez que tenemos ocasión o necesidad de explicar eventos incómodos o negativos solemos recurrir al refranero popular. Y uno de sus dichos reza aquello de “Piensa mal y acertarás”, como una forma de justificar el pesimismo como la opción predictiva más acertada.

Porque así somos las personas: siempre necesitamos entender el porqué de las cosas y buscamos atribuciones causales a todo.  A veces, incluso, llegamos a creer que solo por haber pensado en algo, se ha hecho realidad. Pero, ¿cuánto hay de verdad en esto?  Lo cierto es que pensar en un resultado aumenta la probabilidad de que se cumpla, pero no por las razones que crees. 

¿Somos gafes o existe la Ley de Murphy?

¿Existe una materialización de nuestro propio pensamiento para todo lo malo que podría pasar, al estilo de la Ley de Murphy? ¿O es que somos gafes? A veces no hace falta que una amenaza sea real para que termine teniendo consecuencias en la peor dirección.

Basta con dar por hecho que algo va a salir mal para empezar a comportarnos de una manera que lo vuelva más probable. Eso es, en esencia, lo que el sociólogo Robert K. Merton llamó profecía autocumplida (self-fulfilling prophecy en inglés): una expectativa que, aun siendo dudosa al principio, acaba favoreciendo su propio cumplimiento. Aunque suene a concepto teórico, es una secuencia que aparece en escenas muy cotidianas.  

Estas son las situaciones en las que la profecía autocumplida y el autosabotaje suelen hacerse más visibles:

Cuando el miedo al abandono asfixia la relación

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Pensar mal no hace realidad las cosas, pero sí puede cambiar nuestra forma de actuar. Foto: Unsplash

Uno de los espacios donde más sucede es en el amor y se resume muy fácilmente: el miedo a la pérdida termina generando el abandono. Aunque no por haberlo pensado, sino por producirse una distorsión en la percepción de la persona, seguida de un comportamiento que termina por “echar para atrás” al otro.

Así, el que vive pendiente de ser rechazado suele interpretar señales ambiguas como pruebas de desinterés y lo analiza todo para mal. Un mensaje que tarda en llegar, un cambio de tono, una necesidad de espacio. Cualquier señal se interpreta en una dirección fatal.  

A partir de ahí, pueden aparecer la hipervigilancia o una demanda constante de confirmación causadas por la propia inseguridad. La paradoja es que ese intento de asegurarse el vínculo acaba destruyéndolo.

Desde la psicología, esta sensibilidad al rechazo muchas veces tiene que ver con lo que se conoce como un “apego ansioso”, una forma de manejarse en las relaciones por el que la persona busca continuamente la validación y la atención de su pareja, y acaba por agobiarla. Otras veces, esta hipersensibilidad nace de heridas de la infancia que, en la edad adulta, nos han vuelto especialmente vulnerables ante la posibilidad de no ser queridos o de ser abandonados.

Ansiedad ante exámenes, entrevistas y otras situaciones de evaluación

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La ansiedad ante la evaluación no siempre refleja falta de preparación, sino dificultad para acceder a lo que sabemos. Foto: @Unsplash

La profecía autocumplida también aparece con facilidad en los contextos de evaluación. Ya sea en exámenes, oposiciones o en entrevistas de trabajo, el pensar de antemano“voy a hacerlo mal” no suele quedarse en una idea. Lejos de eso, la anticipación activala ansiedad, reduce la concentración y dificulta recuperar la información con soltura.

La investigación sobre ansiedad ante los exámenes lleva años mostrando una relaciónconsistente entre esa tensión anticipatoria y un peor rendimiento, aunque intervenganotros factores. Lo importante aquí no es solo que la persona esté nerviosa (esto suelesuceder como algo esperable), sino que esos nervios interfieran en la tarea, impidiendoque esta acceda a lo que sabe o lo pueda expresar con claridad.

El psiquiatra estadounidense Dan Siegel, profesor clínico de Psiquiatría en la UCLA School of Medicine, explica que existe un punto óptimo de activación o de estrés que nos permite realizar las tareas con competencia. Tiene que ver con el sistema nervioso autónomo y es lo que se conoce como ventana de la tolerancia.

Dentro de esa franja, la persona puede pensar con claridad, concentrarse y responder de forma eficaz. Es al salirse de los límites de la ventana cuando empiezan los problemas. Si uno se sale por arriba, aparece una hiperactivación marcada por la ansiedad y la tensión se desborda.

Por el contrario, si se sale por abajo, puede entrar en un estado de desconexión, lentitud o bloqueo. En ambos casos el rendimiento se resiente, no necesariamente por falta de preparación, sino porque el sistema no está funcionando en su mejor nivel.

Cuando la presión nos juega una mala pasada

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Bajo presión, una habilidad entrenada puede fallar justo cuando más queremos que salga bien.
Foto Unsplash @solvinghealthcare

Además de la profecía autocumplida en el sentido clásico, la psicología del rendimientoutiliza también el término Choking Under PressureEn español sería algo así comobloquearse bajo presión en algo que, por lo general, sabemos hacer muy bien.  Sucede, por ejemplo, en el ámbito deportivo, a la hora de tocar un instrumento musical o hablaren público.  Este fenómeno se refiere a ese fallo en la ejecución que aparece justocuando una persona quiere hacerlo especialmente bien.

¿Por qué sucede? Cuanto más teme alguien equivocarse, más pendiente está de sí mismo, más intenta controlar cada gesto y más pierde la naturalidad con la que normalmente haría esa tarea. En resumen: en vez de dejar que su habilidad fluya de forma natural, empieza a supervisarla en exceso, saboteando su propia ejecución. No es que la persona no sepa hacerlo, sino que la presión se interpone entre su capacidad y su desempeño. 

El peso de las expectativas de los demás

Acoso escolar bullying (Foto: Pixabay)
A veces nuestros peores temores están alimentados por expectativas sociales y prejuicios. Foto: Pixabay

La profecía autocumplida también tiene una dimensión social. Las expectativas de los demás influyen en cómo nos tratan, en las oportunidades que nos dan y en la confianza con la que nos movemos. En el ámbito escolar, esta idea se conoce bien a través de lo que se conoce como Efecto Pigmalión.

Las expectativas del profesor sobre un alumno pueden acabar influyendo en su rendimiento, no porque el docente adivine el resultado, sino porque su manera de mirar, corregir, exigir o acompañar también condiciona la respuesta del niño. 

Aquí entra también la llamada amenaza del estereotipo. Se da cuando una persona siente que, si falla, no solo se equivocará ella, sino que además dará la razón a un prejuicio sobre el grupo al que pertenece. Puede pasar, por ejemplo, en una mujer que trabaja en un entorno muy masculinizado y teme no dar la talla.

En esos casos, la presión no es solo individual: también hay una carga social que puede terminar perjudicando el rendimiento. Por eso conviene recordar que, a veces, nuestros peores temores en realidad no son nuestros, sino que son expectativas fruto de una herencia social.

¿Es posible programarse para el éxito?

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Programarse para el éxito consiste, sobre todo, en no partir desde la idea de derrota. Foto Unsplash @mbrunacr

Más de uno se preguntará lo siguiente: al igual que hablamos de profecía autocumplidaen el sentido negativo, bien podríamos programarnos para el éxito, ¿no?  En cierto modo, sí.  Aunque esto no significa que debamos alentar el pensamiento mágico por el que las cosas salen bien sólo por desearlas. 

Programarse para el éxito tiene más que ver con algo mucho más realista: no dar por hecho el fracaso, preparar la situación con calma, centrar la atención en lo que sídepende de uno y sustituir el “seguro que sale mal” por una expectativa más realista, impidiendo que la mente actúe en nuestra contra antes de empezar. 

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