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Si hay algo que obsesiona al hombre es la búsqueda de la verdad. Aunque en el caso de las relaciones interpersonales, quizá es más acertado decir que lo nos interesa especialmente es la detección de la mentira. Y, por alguna razón, solemos procurarla en la mirada del otro.
Mirando a los ojos buscaremos señales de deseo, cansancio o miedo, pero también de culpa o intenciones ocultas. Tal vez por ello la ciencia lleva décadas estudiando lo que pueden decir los ojos sobre nosotros, y se han generado distintas e interesantes teorías.
Todas prometen revelar información sobre la persona que tenemos delante. Pero, ¿hasta qué punto son ciertas? Repasamos algunas de las creencias más extendidas sobre la mirada y sobre las cosas que dicen los ojos de nosotros.
Responder a si los ojos son el espejo del alma o de nuestras verdaderas intenciones no es tan sencillo. Sin duda, la mirada forma parte de la comunicación no verbal o analógica, aunque no todo el mundo es capaz de leer o interpretar igual de bien las señales.
En este sentido, siempre va a aportar información sobre activación emocional, atención o estrés. Pero, además, los ojos están involucrados en los procesos de memoria, de retención de información y de procesamiento de recuerdos.
De todo ello se puede hacer un cocktail de lo más interesante a base de teorías que contemplan, unas y otras, aspectos que van desde la morfología del ojo hasta la dirección de la mirada. Todo para aplacar nuestra necesidad de creer que el cuerpo delata siempre la verdad y que basta con aprender a leer su lenguaje.
Una de las ideas más extendidas sobre los ojos procede de la Programación Neurolingüística, más conocida como PNL. Según esta suposición, cuando una persona mira hacia un lado concreto mientras responde, está accediendo a un tipo determinado de información mental.
Lo más conocido de la teoría consiste en el supuesto de que mirar hacia la izquierda se asocia con recordar algo vivido, mientras que mirar hacia la derecha significa imaginar o crear una escena nueva de algo que no ha tenido lugar. De ahí el pensar que si alguien crea imágenes de algo que no ha sucedido, quizá esté mintiendo.
Lo cierto es que la teoría no ha sido del todo demostrada y las distintas investigaciones manifiestan que no existe evidencia de que los patrones de movimiento ocular permitan distinguir con fiabilidad entre la verdad y la mentira. En otras palabras, la idea es tentadora, pero no funciona como detector universal del engaño.
La teoría de la PNL ha sido especialmente explotada en el ámbito de las ventas y el marketing. Y con todo el sentido del mundo: saber si el otro está recordando o imaginando parece lo mismo que saber si está evaluando una compra o si ya se ve disfrutando de ella.
Sin embargo, al no ser cien por cien fiable, sólo nos podemos quedar con el hecho de que la dirección de la mirada puede ser útil: no tanto para pillar a alguien mintiendo como para observar en qué estado mental se encuentra.
Por ejemplo, cuando una persona mira hacia arriba o se desvía momentáneamente de la interacción, puede significar que está buscando una imagen, organizando una respuesta o imaginando una posibilidad. Es decir, los ojos acompañan a los procesos internos, pero no por ello uno está mintiendo o imaginando cosas.
Si hay un concepto que demuestra hasta qué punto proyectamos significados sobre la mirada, ese es el de El ojo Sanpaku. La palabra procede del japonés y significa literalmente “tres blancos”.
Se utiliza para describir aquellos ojos en los que, al mirar de frente, se aprecia no solo la esclerótica a ambos lados del iris, sino también una franja blanca adicional. Es decir, también se ve blanco por encima o por debajo del iris. En medicina, esta cualidad física se relaciona con lo que se conoce como scleral show.
El término saltó a la cultura popular moderna sobre todo a través de George Ohsawa en los años sesenta, que asociaron esta forma del ojo a desequilibrios físicos, emocionales e incluso a un destino trágico. Y como ejemplo suele ponerse a Lady Di, cuyo final todos conocemos.
Según esas interpretaciones, cuando el blanco se ve por debajo del iris se hablaba de una vulnerabilidad en la persona que lo tiene, mientras que cuando aparece por encima se vinculaba a agresividad o incluso a psicopatía.
Es fácil entender por qué la idea ha cuajado: es peculiar y tiene un fuerte poder visual, y por eso ha sido explotada por el cine. La mirada en la que se ve más blanco, especialmente cuando se intensifica con iluminación o expresión facial, puede resultar inquietante para el espectador.
Y ahí es donde aparece la asociación con personajes fríos, violentos o perturbadores. Pero no porque el ojo descubra científicamente al psicópata, sino porque visualmente genera extrañeza.
Películas como El silencio de los corderos han contribuido a fijar esa estética como sinónimo de amenaza o miedo, al retratar a Hannibal Lecter con ojo sanpaku superior. En ese sentido, los productores no están necesariamente siguiendo un criterio médico, sino narrativo. Saben que ciertos rasgos visuales activan en el espectador una lectura inmediata del peligro.
Sin embargo, desde el punto de vista diagnóstico, ver más esclerótica puede deberse a factores anatómicos, genéticos, al envejecimiento o a cambios en los párpados. En suma: no existe evidencia científica sólida que permita vincular el ojo sanpaku con rasgos de personalidad concretos, trastornos mentales o psicopatía.
No es ningún secreto que actualmente se juega con los movimientos oculares para el tratamiento del trauma, como se hace con las terapias bottom up, como el EMDR. Más allá del movimiento, también está el punto donde se fija la mirada.
El brainspotting fue desarrollado por David Grand en 2003 a partir de su trabajo con la terapia EMDR y la idea de que determinadas posiciones o puntos del campo visual pueden estar asociados a una mayor activación emocional o corporal. Su premisa es la siguiente: donde miras influye en cómo te sientes.
La hipótesis del brainspotting es que, al localizar un punto ocular que coincide con la activación de una experiencia difícil, la persona puede mantener la atención ahí mientras procesa sensaciones, emociones y recuerdos.
Aunque no se trata de que el trauma “esté en el ojo”, sino de que la posición de la mirada facilite el acceso a redes neurofisiológicas relacionadas con esa vivencia. Por eso suele describirse como una técnica derivada del trabajo con trauma y emparentada con la por movimientos oculares.
La investigación disponible sobre brainspotting es todavía limitada, pero algunas publicaciones han encontrado mejorías en síntomas traumáticos y en el tratamiento clínico de recuerdos perturbadores.
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