Foto: Ruth Morales
*Texto de Nasrin Zhiyan.
El Teatro Fernando de Rojas del Círculo de Bellas Artes acogió el pasado sábado De Río a La Habana. Un recital protagonizado por la soprano Angélica de la Riva, en una cita que unió repertorio brasileño, cubano y creación contemporánea ante un público que respondió con atención absoluta y ovaciones cálidas.
Más que un simple concierto temático, la velada se articuló como un recorrido coherente por la memoria musical de ambas orillas. Además de la apuesta decidida de la cantante por la nueva música iberoamericana.
Desde su primera aparición en escena, De la Riva mostró un dominio natural del espacio. Presencia firme, palabra clara y un modo de presentar las obras que ayudó a situar al oyente en cada paisaje sonoro sin didactismos innecesarios. Esa combinación de solidez vocal y cercanía fue uno de los hilos conductores de la noche.
La primera parte, consagrada a Brasil, alternó piezas del gran repertorio con un estreno absoluto. Uno de los momentos de mayor emoción llegó con Melodia Sentimental, de Heitor Villa-Lobos, perteneciente al poema sinfónico Floresta do Amazonas. De la Riva abordó esta página con una musicalidad madura, fraseo amplio y un control de las dinámicas que evitó todo exceso, dejando respirar el texto y la línea melódica.
A su lado, el violonchelista Héctor Hernández ofreció un sonido particularmente memorable. Su chelo, de timbre cálido y línea impecablemente cantabile, se fundió con la voz de la soprano en un diálogo de gran lirismo que dejó la sala en un silencio absoluto antes de estallar en una ovación muy sentida. El fraseo largo, la afinación precisa y el cuidado del matiz hicieron de esta obra uno de los hitos indiscutibles de la velada.
El capítulo brasileño encontró su punto de inflexión contemporáneo en Lua Adversa, de la compositora y directora de orquesta brasileña Cibelle Donza. Fue el estreno mundial comisionado por De la Riva y dedicado a ella. Sobre el poema de Cecília Meireles, Donza propone una partitura armónicamentetonal, bien construida, marcada por un uso constante de síncopas y desplazamientos acentuales que le confieren un carácter sorprendentemente bailable.
Escrita para soprano, violín, chelo y piano, la obra respeta la prosodia del texto. Y al mismo tiempo, incorpora una fusión sutil de ritmos brasileños -ecos de samba, de canción urbana y de un cierto swing carioca- en una textura camerística de corte clásico.
La interpretación de Angélica de la Riva, dotada de calidez y una facilidad vocal evidentes, transmitía un disfrute casi bailado que se contagió de inmediato. El efecto en la sala fue claro: el público escuchaba en silencio, pero se percibía ese ligero balanceo de cabezas y pies que delata una implicación física con la música. Lua Adversa consiguió así llevar al ámbito de la música de cámara una pulsación rítmica cercana a la canción popular. Y todo sin renunciar en ningún momento al refinamiento ni al rigor.
En la segunda parte, dedicada a Cuba, la Romanza de María la O, de Ernesto Lecuona, encontró en el violín de Pablo Suárez un aliado de peso. Su sonido claro, flexible y emocional, unido a un virtuosismo siempre al servicio de la frase, envolvió la melodía con una intensidad que el público premió con fuertes aplausos.
El diálogo entre violín y soprano, lleno de sutilezas y respiraciones compartidas, reforzó el carácter teatral y hondamente idiomático de la pieza, devolviendo a la romanza su mezcla de lirismo operístico y raíz popular.
Dentro del bloque cubano, la contemporaneidad llegó de la mano de Corazón suspenso, de Eduardo Morales-Caso, también estreno mundial y también dedicado a la soprano. Frente a la tonalidad expandida de Donza, Morales-Caso opta por un lenguaje fundamentalmente atonal, de gran sofisticación armónica, donde violín, violonchelo y piano entablan con la voz un diálogo de corte casi impresionista.
La partitura despliega una escritura camerística de notable riqueza, con las cuatro partes entrelazadas en un tejido en continuo devenir. La imagen del mar, eje del poema del propio compositor, se traduce musicalmente en una sensación de flujo permanente: motivos que emergen, se diluyen y reaparecen transformados, sin que nada quede fijado del todo.
La interpretación de De la Riva fue irreprochable: afinación precisa en intervalos complejos, impecable gestión de los cambios de registro y un uso del color vocal siempre controlado, evitando estridencias y buscando integrarse en la textura instrumental más que imponerse sobre ella. En su solo, de elevada dificultad técnica por los inusuales intervalos, la soprano resolvió con una naturalidad que permitió percibir la obra no como un ejercicio de virtuosismo, sino como un auténtico “cuadro sonoro” de líneas superpuestas, de clara inspiración impresionista.
El cierre del programa llegó con la Salida de la zarzuela Cecilia Valdés, de Gonzalo Roig, verdadero broche de oro de la noche. Aunque en algunos momentos se echó en falta un pianista más instintivamente cercano a ciertos giros rítmicos cubanos, la conjunción de De la Riva con Suárez y Hernándezalcanzó aquí una especial intensidad. El violín aportó nervio y brillantez, el chelo sostuvo la línea con calidez y peso armónico, y la voz se situó por encima con seguridad y carácter. El resultado fue una Salida vibrante, bien acentuada, que encendió definitivamente la respuesta del público.
Más allá del análisis de cada número, De Río a La Habana dejó la impresión nítida de una artista que ha decidido posicionarse no solo como intérprete, sino como impulsora de nuevo repertorio. Los dos estrenos absolutos -el de Donza y el de Morales-Caso- no se sintieron como añadidos obligados, sino como núcleos significativos del programa, y el público los acogió con una atención y un respeto que desmienten el tópico de la “resistencia” a la música actual.
Angélica de la Riva se afianza así como una voz que une biografía y proyecto. Cantante de raíces brasileñas y cubanas, pero también mediadora entre tradición y contemporaneidad, entre memoria y creación. En tiempos en que la programación musical tiende con frecuencia a lo seguro, una noche como esta, que combina Villa-Lobos, Lecuona y dos estrenos comisionados, merece señalarse como un ejemplo de equilibrio entre repertorio conocido y apuesta de futuro.
El Círculo de Bellas Artes, por su parte, confirma con este recital su vocación de espacio donde la música no solo se interpreta, sino que también se piensa y se renueva. Entre la luna de Lua Adversa y el mar de Corazón suspenso, la velada dejó una certeza: cuando un gran escenario encuentra una voz con historia y un proyecto claro, el resultado trasciende el concierto para convertirse en acontecimiento cultural.
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