Foto: L. Mykolaitis
No es la ciencia lo que ha hecho avanzar a la humanidad a las cotas en las que nos encontramos o a las que podremos llegar. Tampoco son la arquitectura, la medicina o cualquier otra rama del conocimiento y la práctica en la que fijemos esta idea. Lo que hace avanzar a la humanidad es el recuerdo, el recuerdo de cada avance que damos, y la copia y mejora del mismo. Sin esta cualidad, nada sería igual.
Es por eso que los museos son tan importantes. Su misión no es solo mostrarnos los detalles de lo que fuimos, de lo que hacemos o hasta donde pretendemos llegar. Su misión es que podamos recordar cada detalle y repetirlo o mejorarlo las veces que hagan falta. Por ello, el propio museo debe estar preparado para albergar los detalles que hagan posible esa transmisión del conocimiento.
Este año se ha inaugurado un museo muy especial llamado Science Island (Isla de la Ciencia), en la isla Nemunas, en Lituania. Está en la confluencia de los ríos Neris y Nemunas, un punto de encuentro de la ciudad de Kaunas, la segunda más grande de la nación. Allí nació el jugador de baloncesto Arvydas Romas Sabonis, que fichó por el Fórum Valladolid y el Real Madrid.
Los encargados de diseñar el proyecto son dos españoles con un estudio internacional. Es el SMAR Architecture Studio, que se encargó de gestar este singular edificio que luce impertérrito en medio de la popular isla. El edificio se destina a las ciencias ambientales, siendo su ubicación un fuerte vínculo con su propia idea. Una propuesta sostenible y adaptada al medio ambiente natural circundante de la isla.
Para conseguirlo, los arquitectos han hincado en el terreno el volumen construido, enterrándolo a la mitad de su altura, de forma irregular. Esto implica un menor impacto visual, además de mejorar, ostensiblemente, el rendimiento térmico del museo. Básicamente, se trata de una gran plataforma horizontal, blanca, que parece suspenderse gracias a la instalación de grandes ventanales en su fachada.
Ni más ni menos que 10.700 metros cuadrados construidos se guarecen bajo esta plataforma, en ella zonas de exposiciones, laboratorios, y espacios de enseñanza medioambiental.
El interior se aprovecha con grandes luces, que se generan gracias a la ubicación estratégica de pilares circulares, y la eliminación de tabiques innecesarios.
La cubierta es, sin duda, la reina del espacio. Primero por sus dimensiones y su textura, que sirven como llamativa transición entre el verde exterior y el blanco interior. Esta se complementa con varias aperturas circulares. La más importante posee una zona accesible y un techo inclinado que reflecta la luz interior, formando un faro singular. Otras dos aperturas proporcionan luz y ventilación natural al interior, para el normal desarrollo de las actividades que tengan lugar allí.
Pensar en un edificio de estas dimensiones que sea capaz de integrarse y destacar se merece más de un premio. Así debieron pensar en el COAM (Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid), cuando le otorgaron el primer premio de su edición de este año 2025. Otros vendrán, seguro, si es que no han llegado ya. El museo se ha construido con estructura de hormigón armado y acero, elementos que garantizan una gran durabilidad.
La cubierta es, también, una prolongación del parque. Un lugar de esparcimiento público donde pasear, crear momentos únicos o recrearse en la excelsa naturaleza, incluso en invierno. Entonces, el manto de nieve funde al museo con su entorno, haciendo difícilmente diferenciable donde empieza y termina cada uno. El estudio de arquitectura dirigido por Fernando Jerez y Belén Pérez de Juan consiguen con este inmueble un lugar especial en la iconografía lituana y europea.
Parte de la cubierta posee vegetación autóctona, haciendo esta transición aún más armónica, sirviendo, también, de regulador de la temperatura. Este efecto sostenible se apoya en paneles solares en la claraboya central, para reducir la demanda energética. Los acabados al interior se han gestado con elementos prefabricados, con una vida útil próspera. Además, al ser materiales industrializados, su huella de carbono es menor.
La obra se gestó con los arquitectos de la Architektų biuras G.Natkevičius ir partneria. Ellos, oriundos del lugar, fueron indispensables para la implantación de las ideas de SMAR. Por supuesto, mención importante siempre para la empresa constructora, M. Videlys, M. Sokolovas. Un moderno edificio campa (nunca mejor dicho) a sus anchas y largas en una isla de Lituania, y su vinculación con el pasado y el futuro hará mejores a los ciudadanos del país, un claro ejemplo de buena arquitectura.
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